Un testimonio vocacional en el mes del Seminario

En esta semana que celebramos el día del Seminario, no podía faltar un testimonio así que aquí os lo dejamos. 

Me llamo Alejandro, soy el pequeño de cuatro hermanos. Nací en Vitoria en 1977. Crecí en Bilbao, y en 1988 vine a vivir a Zaragoza y fui a Pamplona a estudiar derecho en 1995. Cuando terminé, volví dos años a Bilbao, y posteriormente regresé a Zaragoza, donde he estado desde entonces. Procedo de una familia cristiana.

Ya desde niño sentía que Dios quería algo de mí, y percibía que lo que quería es que fuera sacerdote. En mi adolescencia, me acerqué a un movimiento, pensando que tal vez era en él donde el Señor me pedía que debía desarrollar la vocación para la que me llamaba, pero no era así, y abandoné. Ello, me supuso distanciarme del Señor, no externamente, pero sí en mi corazón.

Cuando estuve en Bilbao después de la carrera, descubrí una noche con claridad lo que se me pedía, recuerdo que fue un momento de profunda emoción, que no me atrevo a contar. Al terminar mi estancia allí, le comunique a mis padres que quería ir al seminario, y ellos me sugirieron que no, que era mejor que comenzase a trabajar para afianzar la vocación o bien aclarar si era eso lo que realmente me pedía el Señor, y así ser consciente de lo que era el mundo del trabajo y la vida en general. En aquel momento no lo entendí, y me supuso un nuevo alejamiento, esta vez más fuerte que el anterior.

Pero Jesús nunca me abandonaba, siempre me acompañaba y si me hundía, me tendía la mano, me recogía, me consolaba y me reconducía.

Llegó un momento, en que decidí que tenía que cambiar, que no podía seguir así, jugando con Jesús como si del perro y el gato se tratase.

Hablé con el párroco, y le planteé un posible acompañamiento espiritual. En la primera entrevista, después de contarle el periplo de mi vida y de quien era, así como las inquietudes que me abordaban periódicamente, me sugirió que si percibía algo, me mandaría a otro sacerdote de su confianza, mejor preparado que él en estas cosas. Y así fue.

Conocí al nuevo sacerdote, y me fue orientando, y llegó el momento en que dejé de trabajar, y me sugirió empezar los estudios y que me acercase al seminario para ayudar a mi propio discernimiento.

Y aquí estoy.

Sólo puedo decir, que Jesús siempre acompaña, siempre perdona y jamás abandona. Creo que ponerme a su servicio es la mejor decisión que podía tomar en mi vida. Se dé quien me he fiado, y por ello, me siento tranquilo y feliz. La vida no está exenta de dificultades, pero con Él a mi lado, no hay miedo posible.

Os doy sinceramente las gracias por tener al Seminario y a los seminaristas presentes en vuestra oración para que seamos fieles al Señor y nos regale abundantes y santas vocaciones.

A. L. B. (Seminarista)