Seguimiento desde el corazón; un testimonio vocacional

Seguimiento desde el corazón

¿Por qué soy seminarista? ¿Por qué he decidido dejarlo todo por Jesús? Son preguntas que muchas personas me han hecho en estos últimos dos años. La verdad es que no es tan fácil  de contestar. Si le pregunto a un enamorado ¿por qué está enamorado? No sabrá contestar, pero estará seguro de su amor aunque no lo pueda explicar.

En la Biblia hay muchos ejemplos de personas que lo dejan todo para seguir a Dios. Yo siempre me he visto reflejado en una en especial: en S. Mateo uno de los doce apóstoles de Jesús. En él veo como Jesús lo ve entre mucha gente, pero solo se fija en él. Jesús siempre se fija en cada uno de nosotros individualmente, en la intimidad del corazón; nos llama a cada uno de nosotros por nuestro nombre.

Jesús “[…], salió y vio a un publicano llamado Leví […]” (Lc 5, 27). Así me empecé a sentir yo, observado por Jesús. La mirada de Jesús al principio da miedo, porque te mira fijamente a los ojos y te llega hasta el fondo del corazón. Jesús ve en lo más íntimo de cada uno y yo me sentí desnudo delante de Él.

El miedo que sentía no era más que vergüenza, vergüenza ante Jesús que veía en lo más íntimo de mi corazón; sobre todo tenía miedo a que viera mis pecados. Estaba avergonzado, me sentía sucio ante Jesús.

Pero Jesús no se asusta por muy sucio que tengamos el corazón. Al contrario, Él nació en un pesebre rodeado de suciedad, quiso nacer en lo más bajo para recoger a toda la humanidad, por eso no se asusta.

Jesús miraba el fondo de  mi corazón para prepararlo y vivir en él, Jesús quería vivir en mi corazón. ¿Quién soy yo para que te fijes en mí? Esa pregunta me la repetía una y otra vez, hasta que me acostumbre a la presencia de Jesús.

Al dejar entrar a Jesús en mi corazón mi vida empezó a cambiar. Lo primero que hizo es echar todo lo malo, pero esto no es tan fácil. Es un proceso que dura toda la vida. Pero Jesús es paciente y su amor nos alivia de todos los males.

La mirada de Jesús además de ir directa al corazón está llena de amor y poco a poco te hace sentir bien; es una mirada que te envuelve el corazón y te sientes amado por Él. ¿Cómo no responder a un amor tan grande? Pero no siempre lo que desea el corazón es lo que la razón quiere.

“Sígueme” (Lc 5, 27) dijo Jesús a Mateo. “Él dejándolo todo, se levanto y lo siguió” (Lc 5, 28). Que valor. Mateo era un cobrador de impuestos y seguro que vivía muy cómodamente, pero aun así, lo dejo todo por seguir a Jesús. Yo no fui tan valiente. También Jesús me dijo “Sígueme” es una orden, si, pero aun así, me resistí, no quería dejar una vida tan plácida y sin preocupaciones.

Seguir a Jesús significaba romper con todo: arriesgarme a perder familia, porque no sabía como iban a reaccionar; significa perder amigos, como así me ha sucedido; y sobre todo empezar de nuevo. Mateo cuando “se levanto” lo hizo para resucitar a una vida nueva, ¿Qué me esperaba a mí?

Pero Jesús es paciente, Jesús es insistente y no dejó de insistir hasta que no pude más. Señor, aquí estoy para hacer tu voluntad. Jesús conquista desde el amor y conquista el corazón. Mi corazón no pudo resistir más, es imposible resistirse a tanto amor, Jesús había conquistado mi corazón.

¿Por qué soy seminarista? Porque estoy enamorado de Jesús. En el Evangelio de Lucas nos cuenta, que Mateo ofreció un banquete en honor a Jesús. “Leví ofreció en Su honor un banquete en su casa […]” (Lc 5, 29). Pero el verdadero banquete es ofrecerle mi vida entera, esa es mi mayor alegría. Y por eso hoy con motivo del día del seminario quisiera transmitir la alegría que mi corazón siente por seguir a Jesús. Una alegría que todavía crece más cuando la comparto con todos vosotros.

Os invito a transmitir la alegría de seguir a Jesús a todos nuestros hermanos.

O. V. G. (Seminarista)