Sed felices, mis niños

El domingo pasado viví una de las experiencias más gozosas y bonitas de toda mi vida, tanto como persona, como catequista. Los niños que llevaba en mi grupo de catequesis hicieron su Primera Comunión.

Era la primera vez que vivía esta experiencia, pues empecé realmente como catequista el año pasado en la Parroquia de Santa Ana, empezaron 8 niños, con alegría, con ilusión y sobre todo con muchas ganas, cada uno de ellos con sus peculiaridades, pero todos con un fin común, dar un paso importantísimo en su vida como cristianos.

Y es que conforme iba pasando el curso iba notando en ellos más interés, más ganas de saber cosas de Jesús, quien los había reunido y alrededor del cual nos reuníamos todos los miércoles, pues era una mesa redonda y en el centro poníamos una silla, nadie se sentaba en ella, sólo Jesús.

Llegó en Septiembre el segundo y último curso de catequesis de Primera Comunión, y en este curso hemos vivido alegrías, tristezas y algún que otro abandono, pero hemos seguido creciendo juntos en la fe y en la esperanza de poder compartir todo lo que nos une con Cristo el Señor.

Y así llegaba la semana de ensayos… ¡Qué rápido ha pasado el tiempo! Yo aún quería estar más tiempo con vosotros, aún me hubiera gustado enseñaros muchas más cosas, también hubiera querido aprender más cosas de vosotros, pues no sólo os he enseñado yo a vosotros, sino vosotros a mi, cosas como la inocencia, la alegría, la ternura, etc. Ese tipo de cosas que, aunque ya las tenía, veía que aún me quedaba mucho de ellas.

13 de Mayo… me levanté con un suspiro… aquellos niños que iban a tomar el Cuerpo y la Sangre de Jesús eran los que yo había estado preparando durante 2 años, y así me vestí y fui a la parroquia, con la satisfacción de haber hecho las cosas bien.

Ya en la parroquia los veía aparecer, llegaban con cuentagotas, pero cada uno con su estilo propio… ¡qué alegría, por fin había llegado el momento! Me fundí en un gran abrazo con cada uno de ellos, estaba nervioso, pero muy feliz. Siempre recordaré ese gran momento en el que os vi tomar el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Me sentí afortunado de veros en primera plana, pues yo sostenía el cáliz, y llegó el final de la Eucaristía, todo había salido bien, y al salir vinisteis todos a darme un abrazo, ya no pude más, no pude contener la emoción y se me saltaban las lágrimas, lágrimas de felicidad, de alegría y de amor por cada uno de vosotros.

No olvidéis nunca que habéis dado un paso muy importante en vuestra vida como cristianos, ha sido todo un honor enseñaros gran parte de lo que sé. También sé que Jesús estará a vuestro lado en todos los momentos de vuestra vida, pasaréis momentos buenos y malos, justos e injustos, pero debéis tener la certeza que él nunca os abandonará.

Esta ha sido mi última catequesis, os he abierto mi corazón, lo que siento, por eso…

 SED SIEMPRE FELICES, MIS NIÑOS!!!

(F.P.A, Seminarista)