Diario de un seminarista

Muy queridos amigos,Esta semana llego un poco tarde, os pido mil disculpas. Pero estamos ya inmersos completamente en el curso y la vida del seminarista, cargada de aventuras (y –por qué no decirlo– de horarios), me ha retrasado un poco en este “vis à vis”.
La particularidad de esta semana es que hemos celebrado dos fiestas de gran importancia para la Iglesia y para nosotros, seminaristas: en primer lugar, la festividad de Todos los Santos, en la que, al recordar a los hombres y mujeres que nos precedieron en la fe y al meditar y orar sus vidas encontramos las semillas y el soporte de nuestra fe y de nuestra vida entregada; por otro lado, la festividad de los fieles difuntos, en la que celebramos que la muerte no es el final, que ha sido vencida, y que el Padre, a través del hijo, nos ha regalado la gracia de la vida eterna.

Esto, como veis, ha sido un gran esfuerzo en nuestra semana, ya cargada de horarios, pero también nos ha permitido visitar a nuestras familias, porque el martes por la tarde salimos a a casa y a nuestras parroquias.

Como siempre, el jueves tuvimos el día sacerdotal y la Hora Santa, en la que nos acompañó y guió D. Javier Pérez Mas. Es nuestro ratico de contemplación semanal, cuando ponemos ante el Señor todas nuestras vicisitudes diarias y cuando le damos gracias por concedernos todos los bienes que también nos da a cada instante para poder seguir entregándonos.


Una semana, por tanto, un tanto atípica, pero siempre interesante y cargada de emociones. Por hoy, poco más puedo contar, pero seguid conectados, que esta semana habrá nuevas noticias y alguno de nosotros os lo contará.

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