Comencé a sentir un vacío grande

Comencé a sentir un vacío grande. La discoteca y todas las juergas en las que participaba con otros jóvenes me dejaban peor. Volvía a casa descontento, vacío. Nada ni nadie era capaz de llenar ese vacío. De pronto, en medio de ese malestar, comencé a oír una voz que parecía que quería llenar ese vacío. Era Jesús. Me asusté porque apenas tenía trato con él; no iba a Misa y rezaba más bien poco.

Pasado el primer susto, cada vez que escuchaba su voz en mi interior me sentía a gusto, cómodo, con paz. Mi relación con Jesús alegraba mi corazón, daba sentido a mi vida. Era otra persona. Comencé a tener un buen trato con Jesús. Pero yo no preveía a donde me podía llevar esta amistad. Me asusté cuando escuchaba en lo más hondo de mi corazón que Jesús me llamaba para ser sacerdote. ¿Cómo podía llamarme a mí, precisamente a mí, que apenas frecuentaba la Iglesia, que no estaba en ningún grupo de la parroquia, que no llevaba una vida muy ordenada…?

No salía de mi asombro. El susto iba en aumento hasta que el compañero de trabajo me dijo: “Habla con el sacerdote”. Así lo hice. Iba con miedo; me parecía que yo era un “bicho raro”, que esto no le pasaba a nadie. El sacerdote me acogió muy bien, me escuchó, mi ánimo se iba serenando, me sentía cada vez mejor. Salí contento y animado. Hasta hablé con el Obispo. ¡Qué nervios! Pero ¡qué bien me quedé! ¡Cómo me escuchó y cómo me comprendió!

Hoy estoy en el Seminario, después de haber dejado el trabajo fijo que tenía, estudiando primero de filosofía y preparando el acceso a la Universidad para mayores de 25 años. Estoy feliz. Me falta tiempo para lo mucho que tengo que estudiar pero lo hago muy a gusto y estoy muy contento. Hasta saco buenas notas.

O.V.G. (Seminarista)

Y tú, ¿escuchas su voz?