Carta de un diácono

Casi dos semanas después de la ordenación diaconal de seis compañeros nuestros, Fernando ha querido contarnos cómo ha vivido ese momento tan especial. Os dejamos su carta.

Soy Fernando Puértolas, diácono al servicio de la archidiócesis de Zaragoza, durante los últimos años me he estado preparando para ser sacerdote en el seminario. Todo empezó en la ordenación sacerdotal de un amigo mío, allí empecé a plantearme la vocación, pedí el ingreso al seminario y tuve que afrontar el examen de ingreso a la universidad para mayores de 25 años Tenía una ilusión, un pálpito, algo que me empujaba a seguir adelante a pesar de que no me gustaba estudiar. Afortunadamente lo pasé e ingresé en el seminario.

Han sido siete años. Siete años en los que me ha ocurrido de todo, muchas alegrías, risas, momentos muy buenos y emotivos Pero no todo ha sido un camino de rosas; también ha habido desilusiones, crisis, tristezas y golpes; en todo mal momento me reafirmaba en Dios y le pedía que me hiciera fiel para poder seguir a su Hijo conforme pedía de nosotros, ser discípulos suyos según su Corazón.

El tiempo iba pasando, los cursos me iban pareciendo cada año más apasionantes, imbuido de la teología iba mejorando cada año el expediente académico, no porque lo buscara, porque como ya he dicho no me gustaba estudiar, sino porque realmente creía en lo que estaba haciendo, me gustaba mucho todo lo que estaba leyendo y aprendiendo.

Y llegó el examen final de bachiller, lo pasé entre nervios y alegrías, y esa misma tarde me dijeron el destino donde iba a pasar este año… Épila, en septiembre acudí con mis maletas al pueblo en el que me iban a enseñar muchas cosas, con mucha ilusión, pero también con nervios. ¿Sabría poner en práctica todo lo que se me había enseñado en la teoría? La respuesta fue fácil, es completamente distinto, solo hay que confiar en el párroco y en lo que la misma gente te enseña, si dijera que ha sido un tiempo fácil estaría mintiendo, pero que no haya sido fácil no significa que no haya sido gozoso, lo cortés no quita lo valiente.

En el pueblo sus gentes me han llevado en palmitas, me han ayudado muchísimo, me he encontrado un párroco experimentado que me ha enseñado mucho acerca de la liturgia, y un vicario parroquial que me ha confrontado con la vida de la gente del pueblo, ambos se complementan muy bien a pesar de ser muy distintos, pero ahí está la riqueza de la Iglesia. “Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo” Dice San Pablo en 1Cor 12, 4.

A finales de enero nos comunicaron a mi y a cinco compañeros más la gran noticia, el día 29 de abril Dios mediante nos ordenarán diáconos en la Basílica del Pilar, fue muy gozoso, toda lucha había valido la pena, pero no todo acaba aquí, sino que ahora empieza. Llegó el día, un día muy gozoso, acompañado de todas aquellas personas que estuvieron a lo largo de mi vida conmigo, es verdad que ese día no tuve tiempo de pensar, todo me desbordaba, pero al día siguiente todos los sentimientos afloraron y salieron a la luz.

Afronto el diaconado con temor y temblor, pero con inmensa alegría de poder servir a la Iglesia de Dios en esta archidiócesis de Zaragoza. Ah! Y por cierto, ya me estrené de diácono en la Iglesia parroquial de Santa Ana en Zaragoza, fue algo muy especial.

Rezad para que el dueño de la mies envíe obreros a su mies.

Un saludo,

Fernando