PROYECTO EDUCATIVO DEL SEMINARIO METROPOLITANO DE ZARAGOZA

 

A los formadores y seminaristas del Seminario Mayor de Zaragoza:

 

Doy mi aprobación a las normas y orientaciones contenidas en el presente documento para nuestro Seminario Mayor de Zaragoza. Los elementos fundamentales de las mismas tienen su origen en normas y orientaciones de la Santa Sede o de la Conferencia Episcopal Española. Hay además algunas determinaciones más precisas inspiradas en la experiencia de nuestra Diócesis.

 

El estilo de formación de los futuros sacerdotes ha de seguir las enseñanzas, exhortaciones y normas del Concilio Vaticano II, del Código de Derecho Canónico y del Santo Padre Juan Pablo II. Dentro de la fidelidad a estas orientaciones generales, el Obispo tiene el deber de determinar de manera más concreta aquello que conviene para la mejor formación de los futuros sacerdotes.

 

Los futuros sacerdotes deberán conocer y seguir los ejemplos y doctrina de los sacerdotes santos, especialmente de San Juan de Ávila y de San Juan Maria Bautista Vianney. Quiero exhortar a los formadores y de modo especial a los seminaristas a ser en verdad "hombres de iglesia"; que vuestra formación intelectual, espiritual y pastoral os lleve a amar a la Iglesia con aquel amor con que la amó y se entregó por ella nuestro Señor Jesucristo (Cfr. Ef 5,25).

 

Tengamos siempre presentes las enseñanzas de los Santos Padres: "Allí donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia" dice S. Ireneo de Lyón[1]; "En la medida en que cada uno ama a la Iglesia -dice San Agustín- en esa medida posee el Espíritu Santo"[2] ; No puede tener a Dios por Padre -dice San Cipriano- quien no tiene a la Iglesia por madre"[3] " La Iglesia es para nosotros una madre..-repite San Agustín- de ella hemos nacido espiritualmente... Nadie que menosprecie a la Iglesia madre podrá tener propicio a Dios Padre”[4]

 

A través de la Iglesia y en la Iglesia, encontramos a Jesucristo. La Iglesia es como la Luna en relación con el Sol, dicen los Santos Padres. Del Sol (=de Cristo) recibe la Luna (=la Iglesia) su luz. Si la Iglesia no recoge y transmite esa luz es corno un pedrusco enorme sin brillo y sin vida. La misión de la Iglesia es llevarnos a Cristo. Ella es el lugar en el que habita Cristo. La Iglesia es la "Esposa" de Cristo y el "Cuerpo" de Cristo. Estas dos imágenes bíblicas expresan la distinción entre Cristo y la Iglesia al mismo tiempo que afirman la profunda e íntima relación entre la Iglesia y Cristo. Hay una conexión vital entre Cristo y la Iglesia. El mismo Espíritu Santo que está en Cristo es el mismo Espíritu que vivifica a la Iglesia (LG 7-9).

 

Por la mediación permanente de Cristo, presente en la iglesia y especialmente en la Eucaristía, encontramos a Dios Padre. Del Padre y de Jesucristo resucitado recibimos el Espíritu Santo. Nuestra vida ha de ser en la Iglesia, comunión vital con Cristo y con el Padre en el Espíritu.

 

Refiriéndose a la formación espiritual de los seminaristas dice el C. Vaticano II: "La formación espiritual ha de estar en íntima conexión con la intelectual y la pastoral... que los alumnos aprendan a vivir en trato familiar y constante con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo" (OT n.8).

 

Esta comunión con la Trinidad en el seno de la Iglesia, nos debe llevar a unas relaciones fraternas en la convivencia del Seminario que se expresan en el respeto mutuo y en la actitud de servicio, a imitación de Jesús, el Hijo de Dios que no ha venido a ser servido sino a servir y a dar la vida por sus ovejas.[5]

 

La actitud de servicio a imitación de Cristo debe configurar vuestras horas de estudio y de clase, vuestra colaboración activa en el buen orden del Seminario, vuestro sentido de responsabilidad en el cumplimiento de la disciplina establecida, la participación en las tareas pastorales. Se trata de un servicio que exige con frecuencia la colaboración con otras personas, el trabajo en equipo, y la renuncia a la propia comodidad y vanagloria. Que toda vuestra vida cotidiana se oriente hacia la gloria de Dios según el consejo del Apóstol: "ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (1Cor 10, 31) "todo cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre" (Col 3,17).

 

Un aspecto importante de la imitación de Cristo es la obediencia. Jesús, el Hijo de Dios, estuvo sujeto a José y a María en los años de su vida oculta, vivió atento a cumplir de la manera más perfecta la voluntad de Dios Padre, aprendió por experiencia a obedecer en el sufrimiento, aceptó con humilde y amorosa obediencia al Padre la muerte y muerte de cruz[6]. También la Virgen Maria y San José su esposo son ejemplo de una total disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios.[7]

 

La obediencia que los seminaristas prometeréis el día solemne de vuestra ordenación en manos del Obispo, es una participación en la obediencia de Cristo al Padre; será un modo de uniros a Cristo en su entrega a Dios Padre para salvación de todos los hombres. En esta obediencia tendréis que ejercitaros ahora en vuestra etapa de preparación al sacerdocio y comprobar así la autenticidad de vuestra vocación. No basta una obediencia "resignada" "malhumorada", o meramente "exterior" para complacer al superior. Ha de ser una obediencia de corazón, que nace de una visión de fe y de un amor sincero al Señor, por encima de toda otra consideración humana.

 

Es una obediencia que constituye al mismo tiempo un servicio a la comunidad según la voluntad de Dios: "El ministerio sacerdotal es el ministerio de la Iglesia misma.

 

Por eso, sólo se puede realizar en la comunión jerárquica de todo el Pueblo de Dios. La caridad pastoral, por tanto, urge a los presbíteros a que, actuando en esta comunión, entreguen mediante la obediencia su propia voluntad al servicio de Dios y de los hermanos. Lo harán aceptando con espíritu de fe lo que manden y recomienden el Sumo Pontífice, su propio obispo y otros superiores, gastándose y desgastándose con muchísimo gusto en cualquier servicio que se les haya confiado, aunque sea el más pobre y humilde" (PO n.15).

 

La forma radical de obediencia es la obediencia de la fe: "Cuando Dios revela, el hombre tiene que dar la obediencia de la fe (Cfr. Rom 16,26; coll. Rom 1,5; 2Cor 10,5-6). Por la fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece "el homenaje total de su entendimiento y voluntad" asintiendo libremente a lo que Dios revela. Para dar esta respuesta de fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede “a todos el gusto en aceptar y creer la verdad. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones” (DV n. 5). Toda vuestra vida cristiana tiene corno raíz la fe viva, en comunión con la fe de la Iglesia. Es la fe que obra por la caridad (Gál 5, 6).

En el ámbito de esta obediencia de la fe está la aceptación cordial del Magisterio de la Iglesia tal como lo presenta el Concilio Vaticano II y el Magisterio posterior.[8]

 

Todo cuanto antecede se os hará fácil si cultiváis con esmero el diálogo de amistad con el Señor en la oración cotidiana, en la visita a Jesús presente en el Santísimo sacramento, en el Santo Rosario a Nuestra Señora.

 

Os encomiendo en mis oraciones, implorando sobre vosotros la especial intercesión de Nuestra señora del Pilar:

 

† Elías Yanes, Arzobispo de Zaragoza

 

Zaragoza 24 de enero del 2000


 

I. FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS Y PASTORALES

 

1.      Según lo preceptúa el Plan de Formación Sacerdotal (PFS), de la CEE, para lograr que los objetivos, contenidos y medios de formación se articulen en un proyecto claramente definido, cada Seminario Mayor ha de establecer, bajo la guía del Obispo diocesano, su propio "Proyecto educativo y Reglamento", que concrete y adapte dichos objetivos, contenidos y medios de formación, bajo la unidad de dirección, manifestada en la figura del rector y sus colaboradores (PFS 13; CIC 243; OT 1). A esta exigencia quiere responder el presente Proyecto educativo (PE) de la diócesis de Zaragoza.

 

I. 1. EL SEMINARIO MAYOR EN LA MENTE DE LA IGLESIA

(PFS 9-15)

 

2.      La Iglesia ha mostrado siempre sumo interés por la formación de sus ministros y en nuestros días se reafirma en esta actitud. Como dice el Concilio Vaticano II, la deseada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes; por lo cual, volviendo la mirada a los seminaristas, afirma que la esperanza de la Iglesia y la salvación de las almas están en sus manos (OT, Proemio y Conclusión).

 

3.      El Seminario es el cauce formativo ordinario que establece la Iglesia para la formación de los futuros sacerdotes (Cfr. OT 4; CIC 235,1); se trata de una institución que, puesta al día, asume la secular tradición eclesial y, al mismo tiempo, tiene en cuenta los resultados de las varias experiencias de los últimos años (Cfr. PFS 8). La Iglesia, al reafirmarse en la validez del Seminario, invita igualmente a una adaptación del mismo a los nuevos tiempos y a cada lugar, con lo que se podrá aumentar la fuerza y la eficacia pedagógica de esta necesaria formación (RFIS, Introducción 1).

 

4.      El Seminario Mayor es sobre todo, una comunidad educativa en camino. Su identidad más profunda radica en ser a su manera una continuación en la Iglesia de la intima comunidad apostólica formada en torno a Jesús. Desde este marco de referencia, el Seminario mayor se constituye como una comunidad humana, eclesial, diocesana, educativa en proceso (PFS 9; Cfr. PDV 60 y PFS 10-13).

 

I. 2. NECESIDAD DE LA FORMACIÓN ESPECÍFICA (PFS 1-3)

 

5.      El carácter singular del ministerio presbiteral y la importancia del mismo para la vida de la Iglesia exigen en quienes han sido llamados a él por el Señor una formación específica que los capacite para vivir con todas sus exigencias este misterio de gracia y para ejercer con responsabilidad este ministerio de salvación (PFS 1; PO 2). Para cumplir con esta tarea cada comunidad diocesana debe arbitrar los medios necesarios, que son, en primer lugar, un tiempo y un plan de formación que tenga en cuenta los diversos aspectos implicados en la capacitación para el ministerio sacerdotal.

 

6.      La vocación al sacerdocio no se circunscribe al ámbito exclusivamente personal, sino que es también una realidad eclesial porque afecta vitalmente a la misión que el Señor ha encomendado a la Iglesia. Es Dios quien llama y es la Iglesia quien debe hacer el discernimiento de la vocación por medio de la comunidad y del Obispo. Por consiguiente, no basta la espontánea decisión del sujeto ni la preparación autodidacta emprendida personalmente, sino que es necesaria la mediación eclesial. Se trata de un deber y no sólo de un derecho de la Iglesia (Cfr. CIC 232).

 

7.      El proceso educativo establecido por la Iglesia implica diversos cometidos para los que se requieren tiempo y medios adecuados. Supuesta la opción personal y responsable por el sacerdocio, debe seguir una labor paciente de discernimiento que incluye entre otros pasos los siguientes: cultivo y maduración de la opción inicial; asimilación progresiva de todo lo que comporta el ministerio sacerdotal; experiencia e interiorización del valor comunitario; aceptación de los criterios evangélicos como norma de la propia vida; conocimiento del ámbito eclesial y pastoral en que se va a ejercer el ministerio; vinculación y compromisos graduales con la Iglesia; capacitación para exponer la revelación cristiana; asimilación de las virtudes fundamentales del pastor. Cuando en el momento de la ordenación el Obispo pregunta a la comunidad sobre la idoneidad del candidato se refiere al logro de todo esto como término del proceso educativo.

 

I. 3. FORMACIÓN DEL PASTOR (PFS 16-19)

 

8.      El seminario, en cualquiera de las modalidades que adopte, tiene como finalidad primaria y específica la formación de los pastores de la comunidad y de los ministros de la Iglesia (Cfr. PFS 16-19). Toda la formación de los alumnos en el Seminario tiene un fin pastoral (CIC 255). Esta es la óptica que debe presidir su organización. La preocupación pastoral debe informar por entero la formación de los alumnos (OT 19). Por lo tanto, todos los aspectos de esta formación, el espiritual, el intelectual, el disciplinar deben estar conjuntamente dirigidos a dicha finalidad pastoral (OT 4).

 

9.      El ejercicio del ministerio pastoral debe tener unas marcadas características que se expresan en los términos de comunión, solidaridad y corresponsabilidad con el Obispo, los sacerdotes y demás agentes de pastoral. Estas características deben ser personalmente asumidas por los candidatos al sacerdocio.

Por la vida común en el Seminario y por el cultivo de la amistad y compañerismo con los demás, se preparan para la unión fraterna con el presbiterio diocesano del que formarán parte para el servicio de la Iglesia (CIC 245,2). El Seminario debe ser la escuela del talante y estilo con que se debe ejercer hoy el ministerio presbiteral. Por eso pide la Iglesia que toda la vida del Seminario se organice de tal manera que sea ya como una iniciación para la futura vida del sacerdote (OT 11).

 

10.    Durante el tiempo de formación en el Seminario, el futuro sacerdote ha de adquirir, ante todo, las actitudes propias del ministro de la Iglesia y del pastor de la comunidad, a partir de las cuales el genuino pastor, debidamente formado, sabrá en su día arbitrar las técnicas y medios adecuados en contacto con la realidad pastoral a la que debe dar respuesta. Entre otras actitudes destaca la maduración de la libertad cristiana propia del hombre animado por el Espíritu: Obrad como hombres libres y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios (1Pe 2,16). Habéis sido llamados a la libertad, pero no toméis de esa libertad pretexto para la carne antes al contrario, servíos por amor los unos de los otros (Gal 5,13).

 

11.    Las líneas de fuerza que nos orientan hacia el tipo de vida sacerdotal que reclama la Iglesia de hoy se pueden sintetizar en los siguientes puntos:

• Armonización y equilibrio entre responsabilidad personal y valor comunitario. Cada persona debe madurar en la auténtica libertad y responsabilidad humana y cristiana que desemboca en la apertura y entrega a los demás, en actitud oblativa, libre y generosa. Por otra parte, es necesaria la experiencia y asimilación del valor comunitario en quienes van a ser animadores y guías de la comunidad, servidores de la comunión eclesial y promotores de la corresponsabilidad en el Pueblo de Dios. Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios (1Pe 4,10).

• Personalización de la fe y de la opción vocacional, mediante un proceso individualizado que tenga en cuenta el modo de ser, las motivaciones y el ritmo de cada persona. Es indispensable una fe personal que lleve a la adhesión a la persona de Cristo, a su seguimiento como Sacerdote y Pastor y a una vida de comunión con Él a partir de la cual brote el servicio y entrega sin reservas al hombre.

Cuando yo era niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé las cosas de niño (1 Cor 13,11; Cfr. Ef 4,14).

El seminarista debe llegar a aquella situación en que pueda decir en verdad con el apóstol: Sé de quién me he fiado (2Tim 1,12).

• Inserción en la realidad eclesial, diocesana y social de forma progresiva, responsable y realista, hasta llegar a una verdadera estima y aceptación de los demás, a un compromiso y a un sano juicio crítico propio del adulto. Hermanos, no seáis niños en el juicio. Sed niños en malicia, pero hombres maduros en juicio; que todo sea para edificación (1Cor 14,20.26).

• La caridad pastoral: El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero en cuanto configurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad pastoral, participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero. El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la total donación de sí a la Iglesia, compartiendo el don de Cristo y a su imagen (PDV 23 a).

 


 

II. OPCIONES BÁSICAS

 

12.    El Proyecto educativo del Seminario es el instrumento pedagógico que la comunidad diocesana arbitra para formar los pastores de la Iglesia y de la sociedad de hoy. Supone unas opciones básicas que apuntan al modelo de sacerdote que se quiere formar. El seminarista las deberá conocer previamente y asumir con claridad y generosidad para responder a lo que el Seminario le exige.

 

II. 1. OPCIÓN POR EL SACERDOCIO QUE PROPONE LA IGLESIA

(PFS 20-46)

 

13.    La identidad y espiritualidad del presbítero diocesano secular la propone la Iglesia. El candidato al sacerdocio no las elige ni puede alegar un derecho, sino que, deseando seguir la llamada de Dios, pide a la Iglesia el ministerio sacerdotal del que ella es garante y responsable. Al deseo y ofrecimiento personal deberá seguir el discernimiento y aceptación de la Iglesia. La recta intención, las motivaciones y actitudes del solicitante deben ser contrastadas durante el tiempo de formación. Según las pautas de este Proyecto educativo y del Plan de Formación Sacerdotal.

 

14.    Es la Iglesia en cada tiempo, lugar y circunstancia la que, guiada por el Espíritu Santo, determina tanto los requisitos como las garantías para acceder al ministerio. Esto exige del seminarista una actitud de apertura y docilidad, de confianza y de diálogo, de transparencia y disponibilidad para responder a lo que la Iglesia pida a través del Obispo. De esta forma, el Seminario se convierte en escuela de fidelidad total a Cristo, a su Iglesia y a la propia vocación y misión (Juan Pablo II, Mensaje a los seminaristas de España, n° 2; Cfr. PFS 14)


 

II. 2. OPCIÓN POR LA INSERCIÓN EN LA DIÓCESIS

Y EN SU PRESBITERIO (PFS 42-43)

 

15.    El Seminario forma sacerdotes diocesanos seculares que van a ejercer su ministerio fundamentalmente en una diócesis determinada. Debe estar relacionado e inserto en la vida de una Iglesia particular. La formación de los seminaristas habrá de realizarse en íntima relación con el medio eclesial, humano y social en que viven, en estrecho contacto con los responsables diocesanos de la pastoral a los que un día se sumarán con la dedicación de todas sus fuerzas (Cfr. PFS 12). En efecto, los sacerdotes, unidos entre sí en íntima fraternidad sacramental, forman con su Obispo un presbiterio propio dedicado a diversas tareas pastorales en la diócesis a cuyo servicio se consagran (LG 10).

 

16.    La opción explícita por el ministerio presbiteral ha de incluir (entre otras cosas) una inicial apertura a las realidades de la propia diócesis (PFS 181). La progresiva inserción en la realidad eclesial diocesana realizada con sentido pastoral debe aportar a la formación de los futuros presbíteros una sana dosis de realismo y contribuir a que el compromiso que se contraerá con la Iglesia en la ordenación sea más consciente, concreto e ilusionado.

 

II. 3. OPCIÓN POR EL PROTAGONISMO DEL MISMO ASPIRANTE

EN SU FORMACIÓN (PDV 69)

 

17.    No se puede olvidar que el mismo aspirante al sacerdocio es también protagonista necesario e insustituible de su formación: toda formación – incluida la sacerdotal – es en definitiva auto formación. Nadie nos puede sustituir en la libertad responsable que tenemos cada uno como persona. (PDV 69ª). A cada seminarista le pertenece responsabilizarse de su vida y de su crecimiento en todos los sentidos. Ayudado, y a veces estorbado, por los que lo educan y lo rodean, cada uno permanece siempre, sean los que sean los influjos que sobre él se ejercen, el artífice principal de su éxito o de su fracaso (PP 15).

 

18.    Ciertamente también el futuro sacerdote -él el primero- debe crecer en la conciencia de que el Protagonista por antonomasia de su formación es el Espíritu Santo, que, con el don de un corazón nuevo, configura y hace semejante a Jesucristo el buen pastor; en este sentido, el aspirante fortalecerá de una manera más radical su libertad acogiendo la acción formativa del Espíritu. Pero acoger esta acción significa también, por parte del aspirante al sacerdocio, acoger las "mediaciones" humanas de las que el Espíritu se sirve. Por esto la acción de los varios educadores resulta verdadera y plenamente eficaz sólo si el futuro sacerdote ofrece su colaboración personal, convencida y cordial (PDV 69b).

 

II. 4. OPCIÓN POR LA SÍNTESIS FE Y VIDA (PFS 4-8)

 

19.    La fe viva en Jesucristo nos abre a la comprensión de la realidad y de la comunidad. Esta fe debe informar todas las vertientes de la vida. A la madurez creyente se llega cuando la fe impregna a fondo la actividad cotidiana, cuando se logra armonizar la interiorización de la fe y su expresión en la conducta de cada día. La síntesis vital de fe y existencia personal es un objetivo pedagógico de la máxima importancia que se propone el Seminario.

 

20.    La formación que se imparte en el Seminario debe ayudar al seminarista a dar coherencia e integrar los diferentes elementos que componen su propia vida: acción y oración, afirmación personal y compromisos comunitarios, conducta humana y convicciones de fe. La clave de esta coherencia se encuentra en la unidad de vida en Jesucristo, de manera que la vida creyente sintetice la contemplación, la celebración 'y el compromiso. La formación que ofrece el Seminario se orienta precisamente a sentar las bases de la unidad de vida del futuro presbítero, tan decisiva para su existencia ministerial y para su espiritualidad específica.

 

21.    Toda síntesis e inserción en la realidad supone en nuestro caso una aceptación cordial de nuestra diócesis de Zaragoza y de las personas responsables de la misma; una positiva estima de la sociedad y del hombre que hay que evangelizar; una sintonía personal con los afanes, problemas y trabajos de todos los hombres, especialmente de los más necesitados; una leal aceptación del proceso formativo que pide continuidad en el esfuerzo, colaboración generosa, búsqueda constante y exigencia siempre creciente; una fuerte esperanza que nos ayude a superar las tentaciones de desaliento, de inhibición y de pesimismo.

 


 

III. DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN

 

22.    El Seminario Mayor es el ámbito apropiado para la educación y vivencia de los valores y actitudes de la persona adulta, y es donde el seminarista, como exigencia del desarrollo de su personalidad para acercarse a Cristo, modelo y fuente de la plenitud humana, camina hacia el ministerio presbiteral. Para lograr este objetivo se deben tener en cuenta las diversas dimensiones de la formación, que constituyen el entramado de la vida del Seminario: humana, espiritual, intelectual, pastoral y comunitaria (Cfr. PFS 47).

 

III. 1. FORMACIÓN HUMANA (PFS 48-60 y PDV 43-44)

 

23.    La formación humana es el fundamento necesario de toda la formación sacerdotal (PDV 43). Viene exigida tanto por la necesaria asimilación de las virtudes propias del hombre, que debe realizar todo cristiano en cuanto tal, como por la madurez humana, que exige el propio ministerio al que está llamado... Por ello es imprescindible un discernimiento sobre las aptitudes humanas del vocacionado, tanto antes de su incorporación al Seminario como a lo largo de todo el proceso formativo (PFS 48 y 51).

 

24.    Objetivos:

• Ir creciendo paulatinamente en el conocimiento y aceptación sincera de sí mismo, de los demás y de las cosas, conscientes siempre de las propias posibilidades y limitaciones.

• Desarrollar, sobre la base de un carácter equilibrado, aquellas virtudes que son más necesarias para la convivencia humana: la sinceridad, la fidelidad, -la capacidad de diálogo, el servicio, el equilibrio emocional, la responsabilidad, el respeto, la generosidad, la colaboración con los demás, el amor, la austeridad, la firmeza y la constancia. (Cfr. OT 11; CIC 245,1).

• Adquirir criterios sanos y firmes sobre el equilibrio afectivo, el valor de la corporalidad, la sexualidad, la amistad, el aprecio del celibato como don de Dios y como realización humana (Cfr. OT 9.10; PO 16; CIC 247).

 

25. Medios:

• Actitud de servicio y de entrega personal, en donación libre y gozosa, que se abre oblativamente a los demás.

• Esfuerzo personal en el cumplimiento de los compromisos adquiridos y de las pautas de formación del Seminario.

• Diálogo y charlas de formación con los formadores y con otros expertos para un mejor conocimiento propio y afianzamiento de los valores personales (Cfr. OT 11; PFS 55).

• Otros recursos ordinarios son: la' convivencia y las actividades pastorales, para la madurez social; la cooperación en los servicios internos del Seminario y la libre adhesión a la organización y exigencias del Seminario, para el dominio propio; las prácticas espirituales, para fortalecer el carácter; el estudio constante y responsable para la capacitación intelectual; el ejercicio de las virtudes humanas y cristianas, para la formación moral.

 

III. 2. FORMACIÓN ESPIRITUAL (PFS 61-90 y PDV 45-50)

 

26.    La formación espiritual constituye el centro vital que unifica y vivifica todas las demás dimensiones y objetivos de la formación del seminarista (PFS 61 y PDV 45). La madurez de la fe es la clave para el discernimiento vocacional y para el ser y quehacer del futuro sacerdote (Cfr. OT 8; CIC 235.244.245; PFS 61).

 

27.    Objetivos:

• Vivir en trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo (PDV 45d)

• Aprender a buscar a Jesús y unirse a él como amigos, sobre todo en la vivencia del misterio pascual, como preparación para la configuración futura ministerial con Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor (Cfr. PDV 45d; OT 8; PO 3.12.14).

• Configurar una vida teologal que afecte a toda la existencia: el estudio, la vida comunitaria y el trabajo apostólico, y que alimente el esfuerzo de superación personal y la capacidad de sacrificio.

 

• Iniciar y capacitar al seminarista para vivir la espiritualidad propia del presbítero diocesano secular (Cfr. OT 8; CIC 244-245; PFS 64.65.86).

 

28. Medios: (Cfr. PFS 75-90)

Lectura meditada y orante de la Palabra de Dios (lectio divina), con todo lo que ello conlleva (Cfr. PDV 47).

La participación activa en los sagrados misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y en el Sacramento de la Penitencia (Cfr. PDV 48).

Servicio de caridad a Cristo en los hombres, sobre todo en los "más pequeños". En la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí mismo por amor, encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro sacerdote la educación de la obediencia, del celibato y de la pobreza (Cfr. PDV 49).

 

III. 3. FORMACIÓN INTELECTUAL (PFS 91-116 y PDV 51-56)

 

29.    Los estudios eclesiásticos, sin perder su carácter rigurosamente científico, tienden, por la finalidad propia del Seminario, a que la fe de los futuros presbíteros se desarrolle en dos vertientes: la vivencial y la apostólica. Así, la formación intelectual se ve plenamente integrada, como una de las dimensiones fundamentales, en el proceso educativo global y unitario del seminarista. La formación académica está confiada al Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (Cfr. PFS 91 y PDV 51).

 

30.    Objetivos:

• Desarrollar la capacidad intelectual mediante el estudio de las disciplinas eclesiásticas en orden al ministerio futuro (Cfr. OT 16).

• Lograr al final de los estudios una visión global y de síntesis de la Palabra revelada, tal y como es presentada en el Magisterio de la Iglesia.

• Poder ser fieles al hombre histórico y concreto, a quien se ofrece el Evangelio como Palabra de Salvación, evangelizar la cultura e inculturizar el mensaje de la fe.

• Formar al futuro sacerdote en el discernimiento crítico y echar las bases para la formación permanente.

 

31.    Medios:

• El primer deber inexcusable del seminarista es el estudio, desde el que ahora sirve a la Iglesia y a la sociedad. Para garantizar su seriedad debe ser programado, constante, revisado.

• Cultivo de otros aspectos culturales y de las aficiones propias (Cfr. OT 13-18; CIC 248-252).

• Lecturas complementarias, sobre todo de revistas, y participación activa en la Jornadas culturales del Seminario, en las Jornadas teológicas del Creta y en otros eventos culturales.

• Comunicación frecuente de los formadores del Seminario con los responsables de la formación académica para conjuntar y coordinar objetivos y esfuerzos.

 

III .4. FORMACIÓN PASTORAL (PFS 117-144 y PDV 57-59)

 

32.    Toda la formación de los alumnos en los seminarios debe tender a que se formen verdaderos pastores (PO 4). Es más, el adán pastoral debe informar enteramente la educación de los alumnos; es necesario que aprendan a ejercitar el arte del apostolado no sólo en teoría, sino también en la práctica (O7 19 y 21)

Dado que la formación pastoral teórica está encomendada al Creta, estas notas y las que se encuentran más adelante cuando hablamos de la formación pastoral por etapas, se limitan al aspecto práctico. Es más, hemos recogido en un fascículo titulado Criterios para la formación práctica pastoral todo lo referente al tema. Nos presta también una gran ayuda para orientar a los sacerdotes que colaboran con el Seminario en las actividades pastorales de los seminaristas.

 

33.    Objetivos

• Ser fieles en los compromisos apostólicos, programándolos, preparándolos y revisándolos convenientemente.

• Conocer, asimilar e identificarse progresivamente con el ministerio del presbítero diocesano.

• Madurar y enriquecer la personalidad apostólica mediante responsabilidades pastorales crecientes en campos sucesivos.

• Aprender a ser corresponsables y a trabajar en equipo con sacerdotes y seglares, jóvenes y mayores, hombres y mujeres.

• Conocer la realidad religiosa y social de la propia diócesis, de los diversos tipos de parroquia, los Movimientos Apostólicos, los diferentes sectores pastorales y las prioridades apostólicas de cada momento.

 

34.    Medios

• Catequesis e integración en equipo de catequistas.

• Servicios de animación litúrgica y participación en grupos de oración.

• Pastoral de la caridad, a través de Cáritas, sin olvidar otros cauces o formas de relación con los marginados.

• Estudio profundo y sistemático de la teología pastoral.

• Participación en proyectos parroquiales o sectoriales.

• Trabajo con jóvenes asumiendo paulatinamente funciones de animador.

• Incorporación a Movimientos de Acción Católica y a otros movimientos y grupos, acorde a las exigencias específicas de la formación sacerdotal.

• Pastoral vocacional.

• Actividades en sectores específicos: enfermos, pastoral familiar, alejados.

 

III .5. FORMACIÓN COMUNITARIA (PFS 145-169 y PDV 60-62)

 

35.    En la comunidad del Seminario se realiza la experiencia de la vida de la Iglesia y de las exigencias de la fraternidad sacramental (Cfr. PFS 2 y PE 4). El Obispo se hace presente en ella a través del servicio de corresponsabilidad del Rector y de los demás Educadores. Todos los miembros de la comunidad, reunidos por el Espíritu en una misma confesión de te y una sola fraternidad, colaboran en la tarea común de discernir la vocación y preparar para el presbiterado (Cfr. PFS 149 y PDV 60d). La experiencia de la vida comunitaria afecta a todos los aspectos de la persona, y contribuye a la madurez en el plano humano, espiritual, pastoral e intelectual. Por todo ello, el Seminario constituye para el futuro sacerdote la comunidad educativa fundamental. A su proyecto comunitario ha de subordinarse siempre teórica y prácticamente cualquier otro que pudiera ser asumido por el seminarista (PFS 160c).

 

36.    Objetivos

• Vivir las exigencias de una comunidad cristiana: la unidad en la diversidad, las relaciones de caridad y confianza, la prestación de servicios recíprocos, la comunicación franca con todos, la revisión de vida, la corrección fraterna, la comunicación de bienes y el ocio y la fiesta compartidos.

• Aprender a trabajar y a colaborar en equipo, para poder hacerlo también el día de mañana con el propio obispo, el presbiterio diocesano y con otras comunidades y personas dentro de la comunión de la Iglesia universal. La experiencia comunitaria es la mejor garantía para quien deberá formar comunidad (Cfr. OT 9; PO 7 y 8; CIC 245,2; PFS 154.159-161).

 

37.    Medios

• Las actividades ordinarias para fomentar y crecer en la vida comunitaria son: la asistencia y participación en todo tipo de actos comunitarios, especialmente en la Eucaristía y encuentros comunitarios; la práctica de la corresponsabilidad en la marcha del Seminario; la participación responsable en los servicios comunes; la voluntad eficaz de unirse a los demás superando el espíritu individualista e independiente; la programación y revisión de actividades con los demás; la animación de las celebraciones; y las actividades lúdicas.

• La amistad, que se ha de fomentar tanto en el plano interpersonal como en grupos reducidos, pero abiertos a los demás. En su realización se evitará cuanto pueda obstaculizar la unidad de la comunidad y los valores auténticos de la caridad y de la madurez afectiva.

• Otras actividades y requisitos de la vida comunitaria son: la capacidad de diálogo, la aceptación del otro con su carácter y criterios, la acogida cordial y mutua, la hospitalidad con los que visitan el Seminario, el testimonio personal que tanto ayuda a los demás, el respeto mutuo, la atención desinteresada y pronta a quien nos necesita, la sencillez para recibir las correcciones, la búsqueda de todo lo que une y de lo que contribuye a la unidad, el rechazo de toda actitud excluyente de personas o grupos (Cfr. OT 11.19; PO 9)

 


 

IV. EL PROCESO EDUCATIVO Y SUS ETAPAS

 

IV. 1. CRITERIOS GENERALES (PFS 170-175)

 

38.    El Tiempo que transcurre entre el ingreso en el Seminario y la Ordenación sacerdotal supone para el seminarista un largo proceso de maduración personal y vocacional. Este proceso tiene un carácter progresivo y se ha de fundamentar en el diálogo entre la gracia de Dios y la libertad del llamado.

 

39.    El proceso consiste en un desarrollo integral y armónico de la personalidad del seminarista: No debe identificarse sin más la formación y maduración integral del seminarista con la superación de los cursos académicos en los que va avanzando su formación intelectual (PFS 171).

 

40.    Una de las líneas fundamentales de este proceso educativo es un constante discernimiento vocacional que también ha de ser progresivo. (Cfr. PFS 223-233)

 

41.    El proceso de formación debe conciliar armónicamente la propuesta clara de la meta que se quiere alcanzar, la exigencia de caminar con dedicación hacia ella, la atención al sujeto concreto y, consiguientemente, a una serie de situaciones, problemas, dificultades, ritmos diversos de andadura y crecimiento (PDV 61).

 

42.    El proceso formativo se concreta y articula en sucesivas etapas que diseñan la organización interna del Seminario. Cada una de las etapas contiene objetivos a conseguir y medios para lograrlo, y deberá finalizar con una evaluación para determinar la conveniencia o no de acceder a la etapa siguiente.

 

IV. 2. ACCESO AL SEMINARIO MAYOR (PFS 176-183)

 

43.    La procedencia de los candidatos al Seminario Mayor es hoy más diversificada que en tiempos pasados. Pueden venir del Menor, de ámbitos parroquiales o colegiales, de los Movimientos, etc. Algunos, incluso en la edad adulta, proceden del mundo del trabajo. En cualquiera caso, los formadores deben conocer el origen, ambiente y el proceso de la vocación. Para ello, estarán en contacto con quienes hayan acompañado a los candidatos.

 

44.    El que aspira a ingresar en el Seminario Mayor, además de aceptar cordial y generosamente el presente Proyecto educativo (PFS 181), ha de reunir las siguientes cualidades: un nivel básico de madurez personal, religiosa y moral; salud corporal y equilibrio psíquico suficientes; capacidad normal para los estudios; intención recta y opción inicial clara y seria por el ministerio presbiteral; conocimiento suficientes de la doctrina de la fe y capacidad normal, de algún modo demostrada, para las relaciones interpersonales y para la convivencia en comunidad (PPS 180).

 

45.    Para comprobar las condiciones objetivas y las actitudes personales que se requieren para el ingreso, el equipo de Formadores del Seminario Mayor mantendrá previamente las entrevistas que sean necesarias con el aspirante y un contacto directo con los responsables del Seminario Menor o de la comunidad cristiana de donde proceden los candidatos (PFS 182). Por todo ello, se podrán pedir los siguientes requisitos:

• Convivencia previa al ingreso.

• partida de Bautismo.

• Certificado médico.

• Examen psicológico.

• Aval de un sacerdote o persona que los presenta.

 

IV. 3. CURSO INTRODUCTORIO (PFS 184-194)

 

46.    Aunque somos conscientes que la finalidad y la formación educativa específica del Seminario Mayor exige que los llamados al sacerdocio entren en él con una formación previa, objetivo que se consigue o facilita con una etapa preparatoria -"período propedéutico", "curso introductorio o propedéutico" (Cfr. PDV 62; PFS 184)-, no podemos por ahora, a causa del reducido número de aspirantes al sacerdocio, añadir una etapa preparatoria previa al ingreso en el Seminario Mayor. No obstante, su finalidad y contenidos los incluimos en lo que para nosotros es el Curso introductorio.

 

47.    Pertenecen al Curso introductorio los seminaristas del primer año de estudios eclesiásticos. Su finalidad es clarificar la opción vocacional inicial y completar la preparación en cualquiera de los aspectos en que aparezca insuficiente.

 

48.    Objetivos

• Ahondar en el conocimiento y aceptación de sí mismo.

• Iniciarse en la práctica de la oración comunitaria.

• Crear un hábito y método de estudios como tarea fundamental en la formación intelectual.

• Incorporarse a la vida comunitaria del Seminario y dar pruebas de capacidad para vivir en comunidad.

 

49. Medios

• Reuniones periódicas de formación.

• Encuentro personales con los formadores.

• Elaboración del Plan personal de vida, que incluya el horario y plan de estudio.

• Práctica diaria de la oración personal.

• Iniciación en los medios de la vida espiritual: la Lectio Divina, la Liturgia de las Horas, etc.

• Diálogo periódico con el director espiritual, con los demás formadores e incluso con los compañeros.

• Cultivo de la soledad y del silencio.

 

• Tutorías de formación complementaria según las "lagunas formativas" de cada uno.

• Participación en los encuentros y en los diversos servicios comunitarios e integración en alguna de las comisiones del Seminario.


 

IV. 4. PRIMERA ETAPA (PFS 195-201)

 

50.    La primera etapa estará formada por aquellos seminaristas que hayan terminado el curso preparatorio y se encuentran en 2° y 3° de estudios eclesiásticos. El objetivo fundamental de la etapa es verificar la opción vocacional inicial, pasando de motivaciones y opciones subjetivas a otras más objetivas y realistas.

 

Objetivos

 

51.    Dimensión humana:

• Adquirir coherencia y unidad personal.

• Crecer en el conocimiento y en la aceptación de sí mismo, y en la vocación al sacerdocio.

• Cultivar de un modo sistemático actitudes y valores humanos que permitan ir avanzando en la comunicación con los demás.

 

52.    Dimensión espiritual:

• Asumir de modo personal los fundamentos de la vida cristiana y los específicos del ministerio presbiteral: celibato, obediencia, pobreza.

• Conocer de modo vivencial la persona de Jesucristo.

• Profundizar en la vida de oración bajo sus diferentes formas.

• Aprender a interpretar con criterios evangélicos la realidad que se está viviendo.

 

53.    Dimensión intelectual:

• Cuidar la complementariedad de los temas de estudio con otros que puedan ayudar al equilibrio humano-espiritual.

• Clarificar la identidad cristiana dentro del conjunto de ideologías y sistemas de pensamiento actuales.

 

• Asimilar los conocimientos filosóficos en una síntesis armónica que permita iniciar un estudio sistematizado de la teología.


 

54.    Dimensión pastoral:

• Insertarse en las tareas de una parroquia o sector pastoral.

• Aprender a ser corresponsables y a trabajar en equipo con sacerdotes y seglares, jóvenes y mayores, hombres y mujeres.

• Asumir un compromiso apostólico formal, programado y constante.

 

55.    Dimensión comunitaria:

• Tomar conciencia de que el Seminario es la comunidad fundamental de referencia (Cfr. PFS 198.161)

• Aprender a compartir, a renunciar a lo propio, a programar y a trabajar en equipo.

• Fomentar la vida fraterna y las actitudes constructivas para la convivencia.

 

Medios

 

56.    Dimensión humana:

• Reuniones comunitarias de formación.

• Encuentros con los formadores.

• El PPV y el cuaderno personal.

 

57.    Dimensión espiritual:

• Iniciación sistemática en la lectura de la Palabra de Dios.

• Entrevistas periódicas con el director espiritual.

• Lectura espiritual sistemática, sobre todo del CEC.

 

58.    Dimensión intelectual:

• Programación y distribución del tiempo de modo responsable.

• Técnicas, métodos de estudio y lecturas complementarias.

• Conversaciones sobre temas intelectuales, fuera de clases, con profesores, formadores y compañeros.

 

59.    Dimensión pastoral:

• Catequesis de niños y adolescentes e integración en equipo de catequistas.

• Servicios de animación litúrgica e integración en grupos de oración.

• Participación en convivencias juveniles, campamentos, campos de trabajo.

 

60.    Dimensión comunitaria:

• Corrección fraterna.

• Revisiones de vida en grupos reducidos.

• Reuniones de sección y encuentros comunitarios.

• Participación creciente en los diversos servicios comunitarios y en alguna de las comisiones del Seminario.

 

IV. 5. SEGUNDA ETAPA (Cfr. PFS 202-209).

 

61.    Esta etapa estará integrada por los seminaristas de 4°, 5° y 6° de estudios eclesiásticos. Es el período de estudios eminentemente teológicos. Durante el 5° curso se suelen recibir ordinariamente los ministerios de Lector y Acólito. El objetivo fundamental de la etapa es: Asimilar los contenidos esenciales e identificarse con el ser y el ministerio del presbítero diocesano secular.

 

Objetivos

 

62.    Dimensión humana:

• Consolidar la opción por el celibato, asentada en una afectividad madura y en motivaciones por el Reino.

• Crecer en austeridad y en la práctica de compartir los bienes.

• Adquirir un sentido realista, objetivo y crítico de las personas y de los acontecimientos, compatible con la comunión comunitaria, diocesana y eclesial.

 

63.    Dimensión espiritual:

• Ahondar en la espiritualidad propia del presbítero diocesano secular.

• Ir tendiendo a la unidad de vida y acción a partir de la opción por el sacerdocio.

• Profundizar en el conocimiento del Misterio de Cristo, por la vivencia del Espíritu Santo, como camino hacia el Padre.

• Cultivar la dimensión misionera y ecuménica de la fe y de la vocación sacerdotal.

64.    Dimensión intelectual:

• Conseguir una clarificación suficiente sobre la identidad del ministerio sacerdotal.

• Capacitarse doctrinalmente para poder desempeñar el ministerio de la Palabra en la Iglesia y el servicio de la evangelización en la cultura y en el mundo actual.

• Conseguir al final de la etapa una visión sintética y personal de la revelación y de la teología.

 

65.    Dimensión pastoral:

• Conocer, asimilar e identificarse progresivamente con el ministerio del presbítero diocesano.

• Madurar y enriquecer la personalidad apostólica mediante responsabilidades pastorales crecientes en campos sucesivos.

• Ir asumiendo la fraternidad apostólica con sacerdotes y seglares, como valor básico de la futura vida sacerdotal.

• Conocer la realidad religiosa, eclesial y social de la diócesis, de los diversos tipos de parroquia, los Movimientos Apostólicos, los diferentes sectores pastorales y las prioridades apostólicas de cada momento.

 

66.    Dimensión comunitaria:

• Haber dado muestras suficientes de una integración continua, positiva y participativa en la comunidad del seminario, y de capacidad de trabajo en equipo, que garanticen una adecuada integración en el presbiterio.

• Estar en proceso de alcanzar la síntesis entre vida personal y comunitaria, soledad y sociabilidad, silencio y comunicatividad.

 

Medios

 

67.    Dimensión humana:

• La oración, vigilancia y ascesis, para la aceptación gozosa del celibato.

• Dominio del propio carácter y afectividad para no dejarse llevar por los sentimientos o impresiones del momento, y superar las actitudes posesivas o dependientes.

• Cultivo de amistades verdaderas y profundas que favorezcan más tarde la vivencia de la fraternidad sacerdotal.

• Fidelidad al PPV y al cuaderno personal.

 

68.    Dimensión espiritual:

• Adquisición del hábito de oración, tanto en la oración personal como en la participación en la oración comunitaria.

• Práctica de la Lectio divina y de la lectura espiritual del Concilio, hagiografías, clásicos espirituales y otros temas de espiritualidad, especialmente los relativos al ministerio.

• Encuentros personales con los formadores, con los compañeros y con el director espiritual para revisar el pasado y discernir las decisiones.

• Práctica de la interiorización a través de la meditación, el autoanálisis y la práctica habitual del sacramento de la reconciliación.