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A los formadores y seminaristas del
Seminario Mayor de Zaragoza:
Doy mi aprobación a las normas y
orientaciones contenidas en el presente
documento para nuestro Seminario Mayor de
Zaragoza. Los elementos fundamentales de las
mismas tienen su origen en normas y
orientaciones de la Santa Sede o de la
Conferencia Episcopal Española. Hay además
algunas determinaciones más precisas
inspiradas en la experiencia de nuestra
Diócesis.
El estilo de formación de los futuros
sacerdotes ha de seguir las enseñanzas,
exhortaciones y normas del Concilio Vaticano
II, del Código de Derecho Canónico y del
Santo Padre Juan Pablo II. Dentro de la
fidelidad a estas orientaciones generales,
el Obispo tiene el deber de determinar de
manera más concreta aquello que conviene
para la mejor formación de los futuros
sacerdotes.
Los futuros sacerdotes deberán conocer y
seguir los ejemplos y doctrina de los
sacerdotes santos, especialmente de San Juan
de Ávila y de San Juan Maria Bautista
Vianney. Quiero exhortar a los formadores y
de modo especial a los seminaristas a ser en
verdad "hombres de iglesia"; que vuestra
formación intelectual, espiritual y pastoral
os lleve a amar a la Iglesia con aquel amor
con que la amó y se entregó por ella nuestro
Señor Jesucristo (Cfr. Ef 5,25).
Tengamos siempre presentes las enseñanzas de
los Santos Padres: "Allí donde está la
Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, allí
donde está el Espíritu de Dios, allí está la
Iglesia y toda gracia" dice S. Ireneo de
Lyón;
"En la medida en que cada uno ama a la
Iglesia -dice San Agustín- en esa medida
posee el Espíritu Santo"
; No puede tener a Dios por Padre -dice San
Cipriano- quien no tiene a la Iglesia por
madre"
" La Iglesia es para nosotros una
madre..-repite San Agustín- de ella hemos
nacido espiritualmente... Nadie que
menosprecie a la Iglesia madre podrá tener
propicio a Dios Padre”
A través de la Iglesia y en la Iglesia,
encontramos a Jesucristo. La Iglesia es como
la Luna en relación con el Sol, dicen los
Santos Padres. Del Sol (=de Cristo) recibe
la Luna (=la Iglesia) su luz. Si la Iglesia
no recoge y transmite esa luz es corno un
pedrusco enorme sin brillo y sin vida. La
misión de la Iglesia es llevarnos a Cristo.
Ella es el lugar en el que habita Cristo. La
Iglesia es la "Esposa" de Cristo y el
"Cuerpo" de Cristo. Estas dos imágenes
bíblicas expresan la distinción entre Cristo
y la Iglesia al mismo tiempo que afirman la
profunda e íntima relación entre la Iglesia
y Cristo. Hay una conexión vital entre
Cristo y la Iglesia. El mismo Espíritu Santo
que está en Cristo es el mismo Espíritu que
vivifica a la Iglesia (LG 7-9).
Por la mediación permanente de Cristo,
presente en la iglesia y especialmente en la
Eucaristía, encontramos a Dios Padre. Del
Padre y de Jesucristo resucitado recibimos
el Espíritu Santo. Nuestra vida ha de ser en
la Iglesia, comunión vital con Cristo y con
el Padre en el Espíritu.
Refiriéndose a la formación espiritual de
los seminaristas dice el C. Vaticano II: "La
formación espiritual ha de estar en íntima
conexión con la intelectual y la pastoral...
que los alumnos aprendan a vivir en trato
familiar y constante con el Padre por su
Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo" (OT
n.8).
Esta comunión con la Trinidad en el seno de
la Iglesia, nos debe llevar a unas
relaciones fraternas en la convivencia del
Seminario que se expresan en el respeto
mutuo y en la actitud de servicio, a
imitación de Jesús, el Hijo de Dios que no
ha venido a ser servido sino a servir y a
dar la vida por sus ovejas.
La actitud de servicio a imitación de Cristo
debe configurar vuestras horas de estudio y
de clase, vuestra colaboración activa en el
buen orden del Seminario, vuestro sentido de
responsabilidad en el cumplimiento de la
disciplina establecida, la participación en
las tareas pastorales. Se trata de un
servicio que exige con frecuencia la
colaboración con otras personas, el trabajo
en equipo, y la renuncia a la propia
comodidad y vanagloria. Que toda vuestra
vida cotidiana se oriente hacia la gloria de
Dios según el consejo del Apóstol: "ya
comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa,
hacedlo todo para gloria de Dios" (1Cor 10,
31) "todo cuanto hagáis, de palabra o de
obra, hacedlo todo en el nombre del Señor
Jesús, dando gracias por su medio a Dios
Padre" (Col 3,17).
Un aspecto importante de la imitación de
Cristo es la obediencia. Jesús, el Hijo de
Dios, estuvo sujeto a José y a María en los
años de su vida oculta, vivió atento a
cumplir de la manera más perfecta la
voluntad de Dios Padre, aprendió por
experiencia a obedecer en el sufrimiento,
aceptó con humilde y amorosa obediencia al
Padre la muerte y muerte de cruz.
También la Virgen Maria y San José su esposo
son ejemplo de una total disponibilidad para
cumplir la voluntad de Dios.
La obediencia que los seminaristas
prometeréis el día solemne de vuestra
ordenación en manos del Obispo, es una
participación en la obediencia de Cristo al
Padre; será un modo de uniros a Cristo en su
entrega a Dios Padre para salvación de todos
los hombres. En esta obediencia tendréis que
ejercitaros ahora en vuestra etapa de
preparación al sacerdocio y comprobar así la
autenticidad de vuestra vocación. No basta
una obediencia "resignada" "malhumorada", o
meramente "exterior" para complacer al
superior. Ha de ser una obediencia de
corazón, que nace de una visión de fe y de
un amor sincero al Señor, por encima de toda
otra consideración humana.
Es una obediencia que constituye al mismo
tiempo un servicio a la comunidad según la
voluntad de Dios: "El ministerio sacerdotal
es el ministerio de la Iglesia misma.
Por eso, sólo se puede realizar en la
comunión jerárquica de todo el Pueblo de
Dios. La caridad pastoral, por tanto, urge a
los presbíteros a que, actuando en esta
comunión, entreguen mediante la obediencia
su propia voluntad al servicio de Dios y de
los hermanos. Lo harán aceptando con
espíritu de fe lo que manden y recomienden
el Sumo Pontífice, su propio obispo y otros
superiores, gastándose y desgastándose con
muchísimo gusto en cualquier servicio que se
les haya confiado, aunque sea el más pobre y
humilde" (PO n.15).
La forma radical de obediencia es la
obediencia de la fe: "Cuando Dios revela, el
hombre tiene que dar la obediencia de la
fe (Cfr. Rom 16,26; coll. Rom 1,5; 2Cor
10,5-6). Por la fe el hombre se entrega
entera y libremente a Dios, le ofrece "el
homenaje total de su entendimiento y
voluntad" asintiendo libremente a lo que
Dios revela. Para dar esta respuesta de fe
es necesaria la gracia de Dios, que se
adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio
interior del Espíritu Santo, que mueve el
corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del
espíritu y concede “a todos el gusto en
aceptar y creer la verdad. Para que el
hombre pueda comprender cada vez más
profundamente la revelación, el Espíritu
Santo perfecciona constantemente la fe con
sus dones” (DV n. 5). Toda vuestra vida
cristiana tiene corno raíz la fe viva, en
comunión con la fe de la Iglesia. Es la fe
que obra por la caridad (Gál 5, 6).
En el ámbito de esta obediencia de la fe
está la aceptación cordial del Magisterio de
la Iglesia tal como lo presenta el Concilio
Vaticano II y el Magisterio posterior.
Todo cuanto antecede se os hará fácil si
cultiváis con esmero el diálogo de amistad
con el Señor en la oración cotidiana, en la
visita a Jesús presente en el Santísimo
sacramento, en el Santo Rosario a Nuestra
Señora.
Os encomiendo en mis oraciones, implorando
sobre vosotros la especial intercesión de
Nuestra señora del Pilar:
† Elías Yanes, Arzobispo de Zaragoza
Zaragoza 24 de enero del 2000
I. FUNDAMENTOS TEOLÓGICOS Y PASTORALES
1. Según lo preceptúa el Plan de
Formación Sacerdotal (PFS), de la CEE,
para lograr que los objetivos, contenidos y
medios de formación se articulen en un
proyecto claramente definido, cada Seminario
Mayor ha de establecer, bajo la guía del
Obispo diocesano, su propio "Proyecto
educativo y Reglamento", que concrete y
adapte dichos objetivos, contenidos y medios
de formación, bajo la unidad de dirección,
manifestada en la figura del rector y sus
colaboradores (PFS 13; CIC 243; OT 1). A
esta exigencia quiere responder el presente
Proyecto educativo (PE) de la
diócesis de Zaragoza.
I. 1. EL SEMINARIO MAYOR EN LA MENTE DE LA
IGLESIA
(PFS 9-15)
2. La Iglesia ha mostrado siempre sumo
interés por la formación de sus ministros y
en nuestros días se reafirma en esta
actitud. Como dice el Concilio Vaticano II,
la deseada renovación de toda la Iglesia
depende en gran parte del ministerio de los
sacerdotes; por lo cual, volviendo la mirada
a los seminaristas, afirma que la esperanza
de la Iglesia y la salvación de las almas
están en sus manos (OT, Proemio y
Conclusión).
3. El Seminario es el cauce formativo
ordinario que establece la Iglesia para la
formación de los futuros sacerdotes (Cfr. OT
4; CIC 235,1); se trata de una institución
que, puesta al día, asume la secular
tradición eclesial y, al mismo tiempo, tiene
en cuenta los resultados de las varias
experiencias de los últimos años (Cfr. PFS
8). La Iglesia, al reafirmarse en la validez
del Seminario, invita igualmente a una
adaptación del mismo a los nuevos tiempos y
a cada lugar, con lo que se podrá
aumentar la fuerza y la eficacia pedagógica
de esta necesaria formación (RFIS,
Introducción 1).
4. El Seminario Mayor es sobre todo,
una comunidad educativa en camino. Su
identidad más profunda radica en ser a su
manera una continuación en la Iglesia de la
intima comunidad apostólica formada en torno
a Jesús. Desde este marco de referencia, el
Seminario mayor se constituye como una
comunidad humana, eclesial, diocesana,
educativa en proceso (PFS 9; Cfr. PDV 60
y PFS 10-13).
I. 2. NECESIDAD DE LA FORMACIÓN ESPECÍFICA
(PFS 1-3)
5. El carácter singular del
ministerio presbiteral y la importancia del
mismo para la vida de la Iglesia exigen en
quienes han sido llamados a él por el Señor
una formación específica que los capacite
para vivir con todas sus exigencias este
misterio de gracia y para ejercer con
responsabilidad este ministerio de salvación
(PFS 1; PO 2). Para cumplir con esta tarea
cada comunidad diocesana debe arbitrar los
medios necesarios, que son, en primer lugar,
un tiempo y un plan de formación que tenga
en cuenta los diversos aspectos implicados
en la capacitación para el ministerio
sacerdotal.
6. La vocación al sacerdocio no se
circunscribe al ámbito exclusivamente
personal, sino que es también una realidad
eclesial porque afecta vitalmente a la
misión que el Señor ha encomendado a la
Iglesia. Es Dios quien llama y es la Iglesia
quien debe hacer el discernimiento de la
vocación por medio de la comunidad y del
Obispo. Por consiguiente, no basta la
espontánea decisión del sujeto ni la
preparación autodidacta emprendida
personalmente, sino que es necesaria la
mediación eclesial. Se trata de un deber y
no sólo de un derecho de la Iglesia (Cfr.
CIC 232).
7. El proceso educativo establecido por
la Iglesia implica diversos cometidos para
los que se requieren tiempo y medios
adecuados. Supuesta la opción personal y
responsable por el sacerdocio, debe seguir
una labor paciente de discernimiento que
incluye entre otros pasos los siguientes:
cultivo y maduración de la opción inicial;
asimilación progresiva de todo lo que
comporta el ministerio sacerdotal;
experiencia e interiorización del valor
comunitario; aceptación de los criterios
evangélicos como norma de la propia vida;
conocimiento del ámbito eclesial y pastoral
en que se va a ejercer el ministerio;
vinculación y compromisos graduales con la
Iglesia; capacitación para exponer la
revelación cristiana; asimilación de las
virtudes fundamentales del pastor. Cuando en
el momento de la ordenación el Obispo
pregunta a la comunidad sobre la idoneidad
del candidato se refiere al logro de todo
esto como término del proceso educativo.
I. 3. FORMACIÓN DEL PASTOR (PFS 16-19)
8. El seminario, en cualquiera de las
modalidades que adopte, tiene como finalidad
primaria y específica la formación de los
pastores de la comunidad y de los
ministros de la Iglesia (Cfr. PFS 16-19).
Toda la formación de los alumnos en el
Seminario tiene un fin pastoral (CIC
255). Esta es la óptica que debe presidir su
organización. La preocupación pastoral
debe informar por entero la formación de los
alumnos (OT 19). Por lo tanto, todos
los aspectos de esta formación, el
espiritual, el intelectual, el disciplinar
deben estar conjuntamente dirigidos a dicha
finalidad pastoral (OT 4).
9. El ejercicio del ministerio pastoral
debe tener unas marcadas características que
se expresan en los términos de comunión,
solidaridad y corresponsabilidad con el
Obispo, los sacerdotes y demás agentes de
pastoral. Estas características deben ser
personalmente asumidas por los candidatos al
sacerdocio.
Por la vida común en el Seminario y por el
cultivo de la amistad y compañerismo con los
demás, se preparan para la unión fraterna
con el presbiterio diocesano del que
formarán parte para el servicio de la
Iglesia
(CIC 245,2). El Seminario debe ser la
escuela del talante y estilo con que se debe
ejercer hoy el ministerio presbiteral. Por
eso pide la Iglesia que toda la vida del
Seminario se organice de tal manera que sea
ya como una iniciación para la futura vida
del sacerdote (OT 11).
10. Durante el tiempo de formación en el
Seminario, el futuro sacerdote ha de
adquirir, ante todo, las actitudes propias
del ministro de la Iglesia y del pastor de
la comunidad, a partir de las cuales el
genuino pastor, debidamente formado, sabrá
en su día arbitrar las técnicas y medios
adecuados en contacto con la realidad
pastoral a la que debe dar respuesta. Entre
otras actitudes destaca la maduración de la
libertad cristiana propia del hombre animado
por el Espíritu: Obrad como hombres
libres y no como quienes hacen de la
libertad un pretexto para la maldad, sino
como siervos de Dios (1Pe 2,16).
Habéis sido llamados a la libertad, pero no
toméis de esa libertad pretexto para la
carne antes al contrario, servíos por amor
los unos de los otros (Gal 5,13).
11. Las líneas de fuerza que nos orientan
hacia el tipo de vida sacerdotal que reclama
la Iglesia de hoy se pueden sintetizar en
los siguientes puntos:
• Armonización y equilibrio entre
responsabilidad personal y valor
comunitario. Cada persona debe madurar en la
auténtica libertad y responsabilidad humana
y cristiana que desemboca en la apertura y
entrega a los demás, en actitud oblativa,
libre y generosa. Por otra parte, es
necesaria la experiencia y asimilación del
valor comunitario en quienes van a ser
animadores y guías de la comunidad,
servidores de la comunión eclesial y
promotores de la corresponsabilidad en el
Pueblo de Dios. Que cada cual ponga al
servicio de los demás la gracia que ha
recibido, como buenos administradores de las
diversas gracias de Dios (1Pe 4,10).
• Personalización de la fe y de la opción
vocacional, mediante un proceso
individualizado que tenga en cuenta el modo
de ser, las motivaciones y el ritmo de cada
persona. Es indispensable una fe personal
que lleve a la adhesión a la persona de
Cristo, a su seguimiento como Sacerdote y
Pastor y a una vida de comunión con Él a
partir de la cual brote el servicio y
entrega sin reservas al hombre.
Cuando yo era niño, razonaba como niño. Al
hacerme hombre, dejé las cosas de niño
(1 Cor 13,11; Cfr. Ef 4,14).
El seminarista debe llegar a aquella
situación en que pueda decir en verdad con
el apóstol: Sé de quién me he fiado
(2Tim 1,12).
• Inserción en la realidad eclesial,
diocesana y social de forma progresiva,
responsable y realista, hasta llegar a una
verdadera estima y aceptación de los demás,
a un compromiso y a un sano juicio crítico
propio del adulto. Hermanos, no seáis
niños en el juicio. Sed niños en malicia,
pero hombres maduros en juicio; que todo sea
para edificación (1Cor 14,20.26).
• La caridad pastoral: El principio
interior, la virtud que anima y guía la vida
espiritual del presbítero en cuanto
configurado con Cristo Cabeza y Pastor es
la caridad pastoral, participación de la
misma caridad pastoral de Jesucristo: don
gratuito del Espíritu Santo y, al mismo
tiempo, deber y llamada a la
respuesta libre y responsable del
presbítero. El contenido esencial de la
caridad pastoral es la donación de sí,
la total donación de sí a la
Iglesia, compartiendo el don de Cristo y
a su imagen (PDV 23 a).
II. OPCIONES BÁSICAS
12. El Proyecto educativo del
Seminario es el instrumento pedagógico que
la comunidad diocesana arbitra para formar
los pastores de la Iglesia y de la sociedad
de hoy. Supone unas opciones básicas que
apuntan al modelo de sacerdote que se quiere
formar. El seminarista las deberá conocer
previamente y asumir con claridad y
generosidad para responder a lo que el
Seminario le exige.
II. 1. OPCIÓN POR EL SACERDOCIO QUE PROPONE
LA IGLESIA
(PFS 20-46)
13. La identidad y espiritualidad del
presbítero diocesano secular la propone la
Iglesia. El candidato al sacerdocio no las
elige ni puede alegar un derecho, sino que,
deseando seguir la llamada de Dios, pide a
la Iglesia el ministerio sacerdotal del que
ella es garante y responsable. Al deseo y
ofrecimiento personal deberá seguir el
discernimiento y aceptación de la Iglesia.
La recta intención, las motivaciones y
actitudes del solicitante deben ser
contrastadas durante el tiempo de formación.
Según las pautas de este Proyecto
educativo y del Plan de Formación
Sacerdotal.
14. Es la Iglesia en cada tiempo, lugar y
circunstancia la que, guiada por el Espíritu
Santo, determina tanto los requisitos como
las garantías para acceder al ministerio.
Esto exige del seminarista una actitud de
apertura y docilidad, de confianza y de
diálogo, de transparencia y disponibilidad
para responder a lo que la Iglesia pida a
través del Obispo. De esta forma, el
Seminario se convierte en escuela de
fidelidad total a Cristo, a su Iglesia y a
la propia vocación y misión (Juan Pablo
II, Mensaje a los seminaristas de España, n°
2; Cfr. PFS 14)
II. 2. OPCIÓN POR LA INSERCIÓN EN LA
DIÓCESIS
Y EN SU PRESBITERIO (PFS 42-43)
15. El Seminario forma sacerdotes
diocesanos seculares que van a ejercer su
ministerio fundamentalmente en una diócesis
determinada. Debe estar relacionado e
inserto en la vida de una Iglesia
particular. La formación de los seminaristas
habrá de realizarse en íntima relación con
el medio eclesial, humano y social en que
viven, en estrecho contacto con los
responsables diocesanos de la pastoral a los
que un día se sumarán con la dedicación de
todas sus fuerzas (Cfr. PFS 12). En efecto,
los sacerdotes, unidos entre sí en íntima
fraternidad sacramental, forman con su
Obispo un presbiterio propio dedicado a
diversas tareas pastorales en la diócesis a
cuyo servicio se consagran (LG 10).
16. La opción explícita por el
ministerio presbiteral ha de incluir
(entre otras cosas) una inicial apertura
a las realidades de la propia diócesis
(PFS 181). La progresiva inserción en la
realidad eclesial diocesana realizada con
sentido pastoral debe aportar a la formación
de los futuros presbíteros una sana dosis de
realismo y contribuir a que el compromiso
que se contraerá con la Iglesia en la
ordenación sea más consciente, concreto e
ilusionado.
II. 3. OPCIÓN POR EL PROTAGONISMO DEL MISMO
ASPIRANTE
EN SU FORMACIÓN (PDV 69)
17. No se puede olvidar que el mismo
aspirante al sacerdocio es también
protagonista necesario e insustituible de su
formación: toda formación – incluida la
sacerdotal – es en definitiva auto
formación. Nadie nos puede sustituir en la
libertad responsable que tenemos cada uno
como persona. (PDV 69ª). A cada
seminarista le pertenece responsabilizarse
de su vida y de su crecimiento en todos los
sentidos. Ayudado, y a veces estorbado,
por los que lo educan y lo rodean, cada uno
permanece siempre, sean los que sean los
influjos que sobre él se ejercen, el
artífice principal de su éxito o de su
fracaso (PP 15).
18. Ciertamente también el futuro
sacerdote -él el primero- debe crecer en la
conciencia de que el Protagonista por
antonomasia de su formación es el Espíritu
Santo, que, con el don de un corazón nuevo,
configura y hace semejante a Jesucristo el
buen pastor; en este sentido, el aspirante
fortalecerá de una manera más radical su
libertad acogiendo la acción formativa del
Espíritu. Pero acoger esta acción significa
también, por parte del aspirante al
sacerdocio, acoger las "mediaciones" humanas
de las que el Espíritu se sirve. Por esto la
acción de los varios educadores resulta
verdadera y plenamente eficaz sólo si el
futuro sacerdote ofrece su colaboración
personal, convencida y cordial (PDV
69b).
II. 4. OPCIÓN POR LA SÍNTESIS FE Y VIDA (PFS
4-8)
19. La fe viva en Jesucristo nos abre a
la comprensión de la realidad y de la
comunidad. Esta fe debe informar todas las
vertientes de la vida. A la madurez creyente
se llega cuando la fe impregna a fondo la
actividad cotidiana, cuando se logra
armonizar la interiorización de la fe y su
expresión en la conducta de cada día. La
síntesis vital de fe y existencia personal
es un objetivo pedagógico de la máxima
importancia que se propone el Seminario.
20. La formación que se imparte en el
Seminario debe ayudar al seminarista a dar
coherencia e integrar los diferentes
elementos que componen su propia vida:
acción y oración, afirmación personal y
compromisos comunitarios, conducta humana y
convicciones de fe. La clave de esta
coherencia se encuentra en la unidad de vida
en Jesucristo, de manera que la vida
creyente sintetice la contemplación, la
celebración 'y el compromiso. La formación
que ofrece el Seminario se orienta
precisamente a sentar las bases de la unidad
de vida del futuro presbítero, tan decisiva
para su existencia ministerial y para su
espiritualidad específica.
21. Toda síntesis e inserción en la
realidad supone en nuestro caso una
aceptación cordial de nuestra diócesis de
Zaragoza y de las personas responsables de
la misma; una positiva estima de la sociedad
y del hombre que hay que evangelizar; una
sintonía personal con los afanes, problemas
y trabajos de todos los hombres,
especialmente de los más necesitados; una
leal aceptación del proceso formativo que
pide continuidad en el esfuerzo,
colaboración generosa, búsqueda constante y
exigencia siempre creciente; una fuerte
esperanza que nos ayude a superar las
tentaciones de desaliento, de inhibición y
de pesimismo.
III. DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN
22. El Seminario Mayor es el ámbito
apropiado para la educación y vivencia de
los valores y actitudes de la persona
adulta, y es donde el seminarista, como
exigencia del desarrollo de su personalidad
para acercarse a Cristo, modelo y fuente de
la plenitud humana, camina hacia el
ministerio presbiteral. Para lograr este
objetivo se deben tener en cuenta las
diversas dimensiones de la formación, que
constituyen el entramado de la vida del
Seminario: humana, espiritual,
intelectual, pastoral y comunitaria
(Cfr. PFS 47).
III. 1. FORMACIÓN HUMANA (PFS 48-60 y PDV
43-44)
23. La formación humana es el
fundamento necesario de toda la formación
sacerdotal (PDV 43). Viene exigida
tanto por la necesaria asimilación de las
virtudes propias del hombre, que debe
realizar todo cristiano en cuanto tal, como
por la madurez humana, que exige el propio
ministerio al que está llamado... Por ello
es imprescindible un discernimiento sobre
las aptitudes humanas del vocacionado, tanto
antes de su incorporación al Seminario como
a lo largo de todo el proceso formativo
(PFS 48 y 51).
24. Objetivos:
• Ir creciendo paulatinamente en el
conocimiento y aceptación sincera de sí
mismo, de los demás y de las cosas,
conscientes siempre de las propias
posibilidades y limitaciones.
• Desarrollar, sobre la base de un carácter
equilibrado, aquellas virtudes que son más
necesarias para la convivencia humana: la
sinceridad, la fidelidad, -la capacidad de
diálogo, el servicio, el equilibrio
emocional, la responsabilidad, el respeto,
la generosidad, la colaboración con los
demás, el amor, la austeridad, la firmeza y
la constancia. (Cfr. OT 11; CIC 245,1).
• Adquirir criterios sanos y firmes sobre el
equilibrio afectivo, el valor de la
corporalidad, la sexualidad, la amistad, el
aprecio del celibato como don de Dios y como
realización humana (Cfr. OT 9.10; PO 16; CIC
247).
25. Medios:
• Actitud de servicio y de entrega personal,
en donación libre y gozosa, que se abre
oblativamente a los demás.
• Esfuerzo personal en el cumplimiento de
los compromisos adquiridos y de las pautas
de formación del Seminario.
• Diálogo y charlas de formación con los
formadores y con otros expertos para un
mejor conocimiento propio y afianzamiento de
los valores personales (Cfr. OT 11; PFS 55).
• Otros recursos ordinarios son: la'
convivencia y las actividades pastorales,
para la madurez social; la cooperación en
los servicios internos del Seminario y la
libre adhesión a la organización y
exigencias del Seminario, para el dominio
propio; las prácticas espirituales, para
fortalecer el carácter; el estudio constante
y responsable para la capacitación
intelectual; el ejercicio de las virtudes
humanas y cristianas, para la formación
moral.
III. 2. FORMACIÓN ESPIRITUAL (PFS 61-90 y
PDV 45-50)
26. La formación espiritual constituye
el centro vital que unifica y vivifica todas
las demás dimensiones y objetivos de la
formación del seminarista (PFS 61 y PDV
45). La madurez de la fe es la clave para el
discernimiento vocacional y para el ser y
quehacer del futuro sacerdote (Cfr. OT 8;
CIC 235.244.245; PFS 61).
27. Objetivos:
• Vivir en trato familiar y asiduo con el
Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu
Santo
(PDV 45d)
• Aprender a buscar a Jesús y unirse a él
como amigos, sobre todo en la vivencia del
misterio pascual, como preparación para la
configuración futura ministerial con Cristo
Sacerdote, Maestro y Pastor (Cfr. PDV 45d;
OT 8; PO 3.12.14).
• Configurar una vida teologal que afecte a
toda la existencia: el estudio, la vida
comunitaria y el trabajo apostólico, y que
alimente el esfuerzo de superación personal
y la capacidad de sacrificio.
• Iniciar y capacitar al seminarista para
vivir la espiritualidad propia del
presbítero diocesano secular
(Cfr. OT 8; CIC 244-245; PFS 64.65.86).
28. Medios: (Cfr. PFS 75-90)
• Lectura meditada y orante de la Palabra
de Dios (lectio divina), con todo lo que
ello conlleva (Cfr. PDV 47).
• La participación activa en los sagrados
misterios de la Iglesia, sobre todo en
la Eucaristía y en el Sacramento de la
Penitencia (Cfr. PDV 48).
• Servicio de caridad a Cristo en los
hombres, sobre todo en los "más pequeños".
En la perspectiva de la caridad, que
consiste en el don de sí mismo por amor,
encuentra su lugar en la formación
espiritual del futuro sacerdote la educación
de la obediencia, del celibato y de la
pobreza (Cfr. PDV 49).
III. 3. FORMACIÓN INTELECTUAL (PFS 91-116 y
PDV 51-56)
29. Los estudios eclesiásticos, sin
perder su carácter rigurosamente científico,
tienden, por la finalidad propia del
Seminario, a que la fe de los futuros
presbíteros se desarrolle en dos vertientes:
la vivencial y la apostólica. Así, la
formación intelectual se ve plenamente
integrada, como una de las dimensiones
fundamentales, en el proceso educativo
global y unitario del seminarista. La
formación académica está confiada al Centro
Regional de Estudios Teológicos de Aragón
(Cfr. PFS 91 y PDV 51).
30. Objetivos:
• Desarrollar la capacidad intelectual
mediante el estudio de las disciplinas
eclesiásticas en orden al ministerio futuro
(Cfr. OT 16).
• Lograr al final de los estudios una visión
global y de síntesis de la Palabra revelada,
tal y como es presentada en el Magisterio de
la Iglesia.
• Poder ser fieles al hombre histórico y
concreto, a quien se ofrece el Evangelio
como Palabra de Salvación, evangelizar la
cultura e inculturizar el mensaje de la fe.
• Formar al futuro sacerdote en el
discernimiento crítico y echar las bases
para la formación permanente.
31. Medios:
• El primer deber inexcusable del
seminarista es el estudio, desde el que
ahora sirve a la Iglesia y a la sociedad.
Para garantizar su seriedad debe ser
programado, constante, revisado.
• Cultivo de otros aspectos culturales y de
las aficiones propias (Cfr. OT 13-18; CIC
248-252).
• Lecturas complementarias, sobre todo de
revistas, y participación activa en la
Jornadas culturales del Seminario, en las
Jornadas teológicas del Creta y en otros
eventos culturales.
• Comunicación frecuente de los formadores
del Seminario con los responsables de la
formación académica para conjuntar y
coordinar objetivos y esfuerzos.
III .4. FORMACIÓN PASTORAL (PFS 117-144 y
PDV 57-59)
32. Toda la formación de los alumnos
en los seminarios debe tender a que se
formen verdaderos pastores (PO 4). Es más,
el adán pastoral debe informar enteramente
la educación de los alumnos; es necesario
que aprendan a ejercitar el arte del
apostolado no sólo en teoría, sino también
en la práctica (O7 19 y 21)
Dado que la formación pastoral teórica está
encomendada al Creta, estas notas y las que
se encuentran más adelante cuando hablamos
de la formación pastoral por etapas, se
limitan al aspecto práctico. Es más, hemos
recogido en un fascículo titulado
Criterios para la formación práctica
pastoral todo lo referente al tema. Nos
presta también una gran ayuda para orientar
a los sacerdotes que colaboran con el
Seminario en las actividades pastorales de
los seminaristas.
33. Objetivos
• Ser fieles en los compromisos apostólicos,
programándolos, preparándolos y revisándolos
convenientemente.
• Conocer, asimilar e identificarse
progresivamente con el ministerio del
presbítero diocesano.
• Madurar y enriquecer la personalidad
apostólica mediante responsabilidades
pastorales crecientes en campos sucesivos.
• Aprender a ser corresponsables y a
trabajar en equipo con sacerdotes y
seglares, jóvenes y mayores, hombres y
mujeres.
• Conocer la realidad religiosa y social de
la propia diócesis, de los diversos tipos de
parroquia, los Movimientos Apostólicos, los
diferentes sectores pastorales y las
prioridades apostólicas de cada momento.
34. Medios
• Catequesis e integración en equipo de
catequistas.
• Servicios de animación litúrgica y
participación en grupos de oración.
• Pastoral de la caridad, a través de
Cáritas, sin olvidar otros cauces o formas
de relación con los marginados.
• Estudio profundo y sistemático de la
teología pastoral.
• Participación en proyectos parroquiales o
sectoriales.
• Trabajo con jóvenes asumiendo
paulatinamente funciones de animador.
• Incorporación a Movimientos de Acción
Católica y a otros movimientos y grupos,
acorde a las exigencias específicas de la
formación sacerdotal.
• Pastoral vocacional.
• Actividades en sectores específicos:
enfermos, pastoral familiar, alejados.
III .5. FORMACIÓN COMUNITARIA (PFS 145-169 y
PDV 60-62)
35. En la comunidad del Seminario se
realiza la experiencia de la vida de la
Iglesia y de las exigencias de la
fraternidad sacramental (Cfr. PFS 2 y PE 4).
El Obispo se hace presente en ella a través
del servicio de corresponsabilidad del
Rector y de los demás Educadores. Todos los
miembros de la comunidad, reunidos por el
Espíritu en una misma confesión de te y una
sola fraternidad, colaboran en la tarea
común de discernir la vocación y preparar
para el presbiterado (Cfr. PFS 149 y PDV
60d). La experiencia de la vida comunitaria
afecta a todos los aspectos de la persona, y
contribuye a la madurez en el plano humano,
espiritual, pastoral e intelectual. Por todo
ello, el Seminario constituye para el
futuro sacerdote la comunidad educativa
fundamental. A su proyecto comunitario ha de
subordinarse siempre teórica y prácticamente
cualquier otro que pudiera ser asumido por
el seminarista (PFS 160c).
36. Objetivos
• Vivir las exigencias de una comunidad
cristiana: la unidad en la diversidad, las
relaciones de caridad y confianza, la
prestación de servicios recíprocos, la
comunicación franca con todos, la revisión
de vida, la corrección fraterna, la
comunicación de bienes y el ocio y la fiesta
compartidos.
• Aprender a trabajar y a colaborar en
equipo, para poder hacerlo también el día de
mañana con el propio obispo, el presbiterio
diocesano y con otras comunidades y personas
dentro de la comunión de la Iglesia
universal. La experiencia comunitaria es la
mejor garantía para quien deberá formar
comunidad (Cfr. OT 9; PO 7 y 8; CIC 245,2;
PFS 154.159-161).
37. Medios
• Las actividades ordinarias para fomentar y
crecer en la vida comunitaria son: la
asistencia y participación en todo tipo de
actos comunitarios, especialmente en la
Eucaristía y encuentros comunitarios; la
práctica de la corresponsabilidad en la
marcha del Seminario; la participación
responsable en los servicios comunes; la
voluntad eficaz de unirse a los demás
superando el espíritu individualista e
independiente; la programación y revisión de
actividades con los demás; la animación de
las celebraciones; y las actividades
lúdicas.
• La amistad, que se ha de fomentar tanto en
el plano interpersonal como en grupos
reducidos, pero abiertos a los demás. En su
realización se evitará cuanto pueda
obstaculizar la unidad de la comunidad y los
valores auténticos de la caridad y de la
madurez afectiva.
• Otras actividades y requisitos de la vida
comunitaria son: la capacidad de diálogo, la
aceptación del otro con su carácter y
criterios, la acogida cordial y mutua, la
hospitalidad con los que visitan el
Seminario, el testimonio personal que tanto
ayuda a los demás, el respeto mutuo, la
atención desinteresada y pronta a quien nos
necesita, la sencillez para recibir las
correcciones, la búsqueda de todo lo que une
y de lo que contribuye a la unidad, el
rechazo de toda actitud excluyente de
personas o grupos (Cfr. OT 11.19; PO 9)
IV. EL PROCESO EDUCATIVO Y SUS ETAPAS
IV. 1. CRITERIOS GENERALES (PFS 170-175)
38. El Tiempo que transcurre entre el
ingreso en el Seminario y la Ordenación
sacerdotal supone para el seminarista un
largo proceso de maduración personal y
vocacional. Este proceso tiene un carácter
progresivo y se ha de fundamentar en el
diálogo entre la gracia de Dios y la
libertad del llamado.
39. El proceso consiste en un desarrollo
integral y armónico de la personalidad del
seminarista: No debe identificarse sin
más la formación y maduración integral del
seminarista con la superación de los cursos
académicos en los que va avanzando su
formación intelectual (PFS 171).
40. Una de las líneas fundamentales de
este proceso educativo es un constante
discernimiento vocacional que también ha de
ser progresivo. (Cfr. PFS 223-233)
41. El proceso de formación debe
conciliar armónicamente la propuesta clara
de la meta que se quiere alcanzar, la
exigencia de caminar con dedicación hacia
ella, la atención al sujeto concreto y,
consiguientemente, a una serie de
situaciones, problemas, dificultades, ritmos
diversos de andadura y crecimiento (PDV
61).
42. El proceso formativo se concreta y
articula en sucesivas etapas que diseñan la
organización interna del Seminario. Cada una
de las etapas contiene objetivos a conseguir
y medios para lograrlo, y deberá finalizar
con una evaluación para determinar la
conveniencia o no de acceder a la etapa
siguiente.
IV. 2. ACCESO AL SEMINARIO MAYOR (PFS
176-183)
43. La procedencia de los candidatos al
Seminario Mayor es hoy más diversificada que
en tiempos pasados. Pueden venir del Menor,
de ámbitos parroquiales o colegiales, de los
Movimientos, etc. Algunos, incluso en la
edad adulta, proceden del mundo del trabajo.
En cualquiera caso, los formadores deben
conocer el origen, ambiente y el proceso de
la vocación. Para ello, estarán en contacto
con quienes hayan acompañado a los
candidatos.
44. El que aspira a ingresar en el
Seminario Mayor, además de aceptar cordial y
generosamente el presente Proyecto
educativo (PFS 181), ha de reunir las
siguientes cualidades: un nivel básico de
madurez personal, religiosa y moral; salud
corporal y equilibrio psíquico suficientes;
capacidad normal para los estudios;
intención recta y opción inicial clara y
seria por el ministerio presbiteral;
conocimiento suficientes de la doctrina de
la fe y capacidad normal, de algún modo
demostrada, para las relaciones
interpersonales y para la convivencia en
comunidad (PPS 180).
45. Para comprobar las condiciones
objetivas y las actitudes personales que se
requieren para el ingreso, el equipo de
Formadores del Seminario Mayor mantendrá
previamente las entrevistas que sean
necesarias con el aspirante y un contacto
directo con los responsables del Seminario
Menor o de la comunidad cristiana de donde
proceden los candidatos (PFS 182). Por
todo ello, se podrán pedir los siguientes
requisitos:
• Convivencia previa al ingreso.
• partida de Bautismo.
• Certificado médico.
• Examen psicológico.
• Aval de un sacerdote o persona que los
presenta.
IV. 3. CURSO INTRODUCTORIO (PFS 184-194)
46. Aunque somos conscientes que la
finalidad y la formación educativa
específica del Seminario Mayor exige que los
llamados al sacerdocio entren en él con una
formación previa, objetivo que se consigue o
facilita con una etapa preparatoria
-"período propedéutico", "curso
introductorio o propedéutico" (Cfr. PDV 62;
PFS 184)-, no podemos por ahora, a causa del
reducido número de aspirantes al sacerdocio,
añadir una etapa preparatoria previa al
ingreso en el Seminario Mayor. No obstante,
su finalidad y contenidos los incluimos en
lo que para nosotros es el Curso
introductorio.
47. Pertenecen al Curso introductorio los
seminaristas del primer año de estudios
eclesiásticos. Su finalidad es
clarificar la opción vocacional inicial y
completar la preparación en cualquiera de
los aspectos en que aparezca insuficiente.
48. Objetivos
• Ahondar en el conocimiento y aceptación de
sí mismo.
• Iniciarse en la práctica de la oración
comunitaria.
• Crear un hábito y método de estudios como
tarea fundamental en la formación
intelectual.
• Incorporarse a la vida comunitaria del
Seminario y dar pruebas de capacidad para
vivir en comunidad.
49. Medios
• Reuniones periódicas de formación.
• Encuentro personales con los formadores.
• Elaboración del Plan personal de vida, que
incluya el horario y plan de estudio.
• Práctica diaria de la oración personal.
• Iniciación en los medios de la vida
espiritual: la Lectio Divina, la Liturgia de
las Horas, etc.
• Diálogo periódico con el director
espiritual, con los demás formadores e
incluso con los compañeros.
• Cultivo de la soledad y del silencio.
• Tutorías de formación complementaria según
las "lagunas formativas" de cada uno.
• Participación en los encuentros y en los
diversos servicios comunitarios e
integración en alguna de las comisiones del
Seminario.
IV. 4. PRIMERA ETAPA (PFS 195-201)
50. La primera etapa estará formada por
aquellos seminaristas que hayan terminado el
curso preparatorio y se encuentran en 2° y
3° de estudios eclesiásticos. El objetivo
fundamental de la etapa es verificar
la opción vocacional inicial, pasando de
motivaciones y opciones subjetivas a otras
más objetivas y realistas.
Objetivos
51. Dimensión humana:
• Adquirir coherencia y unidad personal.
• Crecer en el conocimiento y en la
aceptación de sí mismo, y en la vocación al
sacerdocio.
• Cultivar de un modo sistemático actitudes
y valores humanos que permitan ir avanzando
en la comunicación con los demás.
52. Dimensión espiritual:
• Asumir de modo personal los fundamentos de
la vida cristiana y los específicos del
ministerio presbiteral: celibato,
obediencia, pobreza.
• Conocer de modo vivencial la persona de
Jesucristo.
• Profundizar en la vida de oración bajo sus
diferentes formas.
• Aprender a interpretar con criterios
evangélicos la realidad que se está
viviendo.
53. Dimensión intelectual:
• Cuidar la complementariedad de los temas
de estudio con otros que puedan ayudar al
equilibrio humano-espiritual.
• Clarificar la identidad cristiana dentro
del conjunto de ideologías y sistemas de
pensamiento actuales.
• Asimilar los conocimientos filosóficos en
una síntesis armónica que permita iniciar un
estudio sistematizado de la teología.
54. Dimensión pastoral:
• Insertarse en las tareas de una parroquia
o sector pastoral.
• Aprender a ser corresponsables y a
trabajar en equipo con sacerdotes y
seglares, jóvenes y mayores, hombres y
mujeres.
• Asumir un compromiso apostólico formal,
programado y constante.
55. Dimensión comunitaria:
• Tomar conciencia de que el Seminario es la
comunidad fundamental de referencia (Cfr.
PFS 198.161)
• Aprender a compartir, a renunciar a lo
propio, a programar y a trabajar en equipo.
• Fomentar la vida fraterna y las actitudes
constructivas para la convivencia.
Medios
56. Dimensión humana:
• Reuniones comunitarias de formación.
• Encuentros con los formadores.
• El PPV y el cuaderno personal.
57. Dimensión espiritual:
• Iniciación sistemática en la lectura de la
Palabra de Dios.
• Entrevistas periódicas con el director
espiritual.
• Lectura espiritual sistemática, sobre todo
del CEC.
58. Dimensión intelectual:
• Programación y distribución del tiempo de
modo responsable.
• Técnicas, métodos de estudio y lecturas
complementarias.
• Conversaciones sobre temas intelectuales,
fuera de clases, con profesores, formadores
y compañeros.
59. Dimensión pastoral:
• Catequesis de niños y adolescentes e
integración en equipo de catequistas.
• Servicios de animación litúrgica e
integración en grupos de oración.
• Participación en convivencias juveniles,
campamentos, campos de trabajo.
60. Dimensión comunitaria:
• Corrección fraterna.
• Revisiones de vida en grupos reducidos.
• Reuniones de sección y encuentros
comunitarios.
• Participación creciente en los diversos
servicios comunitarios y en alguna de las
comisiones del Seminario.
IV. 5. SEGUNDA ETAPA (Cfr. PFS 202-209).
61. Esta etapa estará integrada por los
seminaristas de 4°, 5° y 6° de estudios
eclesiásticos. Es el período de estudios
eminentemente teológicos. Durante el 5°
curso se suelen recibir ordinariamente los
ministerios de Lector y Acólito. El objetivo
fundamental de la etapa es: Asimilar
los contenidos esenciales e identificarse
con el ser y el ministerio del presbítero
diocesano secular.
Objetivos
62. Dimensión humana:
• Consolidar la opción por el celibato,
asentada en una afectividad madura y en
motivaciones por el Reino.
• Crecer en austeridad y en la práctica de
compartir los bienes.
• Adquirir un sentido realista, objetivo y
crítico de las personas y de los
acontecimientos, compatible con la comunión
comunitaria, diocesana y eclesial.
63. Dimensión espiritual:
• Ahondar en la espiritualidad propia del
presbítero diocesano secular.
• Ir tendiendo a la unidad de vida y acción
a partir de la opción por el sacerdocio.
• Profundizar en el conocimiento del
Misterio de Cristo, por la vivencia del
Espíritu Santo, como camino hacia el Padre.
• Cultivar la dimensión misionera y
ecuménica de la fe y de la vocación
sacerdotal.
64. Dimensión intelectual:
• Conseguir una clarificación suficiente
sobre la identidad del ministerio
sacerdotal.
• Capacitarse doctrinalmente para poder
desempeñar el ministerio de la Palabra en la
Iglesia y el servicio de la evangelización
en la cultura y en el mundo actual.
• Conseguir al final de la etapa una visión
sintética y personal de la revelación y de
la teología.
65. Dimensión pastoral:
• Conocer, asimilar e identificarse
progresivamente con el ministerio del
presbítero diocesano.
• Madurar y enriquecer la personalidad
apostólica mediante responsabilidades
pastorales crecientes en campos sucesivos.
• Ir asumiendo la fraternidad apostólica con
sacerdotes y seglares, como valor básico de
la futura vida sacerdotal.
• Conocer la realidad religiosa, eclesial y
social de la diócesis, de los diversos tipos
de parroquia, los Movimientos Apostólicos,
los diferentes sectores pastorales y las
prioridades apostólicas de cada momento.
66. Dimensión comunitaria:
• Haber dado muestras suficientes de una
integración continua, positiva y
participativa en la comunidad del seminario,
y de capacidad de trabajo en equipo, que
garanticen una adecuada integración en el
presbiterio.
• Estar en proceso de alcanzar la síntesis
entre vida personal y comunitaria, soledad y
sociabilidad, silencio y comunicatividad.
Medios
67. Dimensión humana:
• La oración, vigilancia y ascesis, para la
aceptación gozosa del celibato.
• Dominio del propio carácter y afectividad
para no dejarse llevar por los sentimientos
o impresiones del momento, y superar las
actitudes posesivas o dependientes.
• Cultivo de amistades verdaderas y
profundas que favorezcan más tarde la
vivencia de la fraternidad sacerdotal.
• Fidelidad al PPV y al cuaderno personal.
68. Dimensión espiritual:
• Adquisición del hábito de oración, tanto
en la oración personal como en la
participación en la oración comunitaria.
• Práctica de la Lectio divina y de la
lectura espiritual del Concilio,
hagiografías, clásicos espirituales y otros
temas de espiritualidad, especialmente los
relativos al ministerio.
• Encuentros personales con los formadores,
con los compañeros y con el director
espiritual para revisar el pasado y
discernir las decisiones.
• Práctica de la interiorización a través de
la meditación, el autoanálisis y la práctica
habitual del sacramento de la
reconciliación. |