|
SANTO DOMINGUITO DE VAL
(†
1250)
Dominguito
de Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y
de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey
de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo
en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo
de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de
los moros y en cada pecho español se albergaba un
cruzado.
Los padres
de Dominguito se llamaban Sancho de Val e Isabel
Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su
padre, de origen francés. El abuelo paterno había
sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don
Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio
de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los
cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos,
menos uno.
Sancho del
Val no siguió a su padre por el camino de las armas.
Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su
firma quedó estampada en las actas de las Cortes de
Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.
Dios bendijo
la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba
a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un
modo especial, de los monaguillos. Porque Santo
Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos
y niños de coro. El fue infantico de la catedral de
Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y
repiqueteó con gusto la campanilla en los días de
fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de
este tierno niño nos lo representa con las
vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su
hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el
cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y
manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero,
también, de valentía superior a las fuerzas de un
niño de pocos años. Las nobles condiciones,
especialmente su piedad, que se advertían en el niño
según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al
santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo
enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la
casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las
mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino
que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una
vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y
cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la
Virgen.
Cumplido
fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al
claustro de la catedral a empezar la tarea escolar.
Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los
himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La
historia y la tradición nos presentan a nuestro
Santo especialmente aficionado y dotado para el
canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y
seises.
La tarea
escolar incluía más cosas. Había que aprender a
leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se
iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las
tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del
maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas
de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente
para escribir en los viejos pergaminos lo que
acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer
volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a
contarles lo que había aprendido aquel día y las
peripecias de los compañeros.
Los judíos
eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En
la sinagoga se había recordado "que al que
presentase un niño cristiano sería eximido de penas
y tributos". Y un sábado al terminar de explicar la
Ley el rabino, dijo: "Necesitamos sangre cristiana.
Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua,
Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia".
Estas
palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet,
un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda.
Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en
aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba
delante de su tienda. Este niño era Dominguito del
Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo
y otras con un grupo de compañeros.
Era el
miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se
hacía más oscuro en las estrechas callejuelas del
barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de
su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder
lanzar un grito, nota que algo se le echa encima.
Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el
rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para
que no pueda gritar y le mete de momento en su casa.
Aquella
misma noche es trasladado el inocente niño a la casa
de uno de los rabinos principales. Allí están los
príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de
miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus
manos aprietan la cruz que pende de su pecho.
—Querido
niño —le dice una voz zalamera—, no queremos hacerte
mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes
que pisar ese Cristo.
—Eso nunca
—dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no.
—Acabemos
pronto —dicen aquellos malvados ante la firmeza del
niño.
Va a
repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las
escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el
martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la
rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así
el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.
Una vez
muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a
un pozo de la casa donde había tenido lugar el
horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado,
como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería
más difícil encontrarlo.
Mientras en
la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos
de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera
del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado
sobre el río habían visto con asombro durante varios
días el mismo acontecimiento. La noticia recorre
toda Zaragoza.
Algunas
autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia
el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño
trozo de tierra recientemente removida. Se escarba
y, metido en un saco, aparece un bulto
sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo
mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e
indignación invade la ciudad de punta a punta.
La cabeza y
las manos aparecen, también, de una manera
milagrosa. Aunque aquí la leyenda no concuerda.
Según una versión, un perrazo negro gime
lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar,
al borde del pozo a que fueron arrojados los
miembros del niño mártir. Es el perro del notario
Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo
aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra
versión dice que las aguas del pozo se llenaron de
resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas
mostraron el tesoro que guardaban en el fondo.
Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo
Albayucet lo iba diciendo: "Sí, yo he sido. Matadme,
me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el
sueño ha huido de mis ojos". El santo niño había de
conseguir el arrepentimiento para su asesino.
Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo
a la horca.
Sus restos
mortales se conservan en una capilla de la catedral
en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel
sostiene esta leyenda: "Aquí yace el bienaventurado
niño Domingo del Val, mártir por el nombre de
Cristo". |