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El Seminario
Mayor constituye una comunidad humana, eclesial,
diocesana, educativa, a la que el Obispo, según las
normas de la Iglesia, confía la tarea de formar a
los futuros sacerdotes seculares diocesanos.
Como
comunidad humana,
los formadores y seminaristas comparten un proyecto
de vida en común y participan, cada uno según su
función y responsabilidad, en el mismo proceso
formativo. La convivencia y la amistad entre los
distintos miembros del Seminario tienen como
horizonte la educación de personas llamadas a formar
“una comunidad familiar que vive con gozo la
presencia, la palabra y el amor de Cristo
resucitado”.
Como
comunidad eclesial:
El Seminario es básicamente comunidad de discípulos
del Señor que, a partir de la profesión de una misma
fe, celebrando una misma Liturgia y en la
experiencia fraternal de un mismo amor, vive el
Misterio de Cristo y es, en medio del mundo, signo e
instrumento de salvación.
La vida de
sus miembros está llamada a ser, al estilo del
discipulado de Jesús, una comunidad de creyentes
que, vinculados al Señor, y participando de su vida,
quieren vivir con radicalidad el espíritu del
Evangelio. Así han de actuar también quienes allí
trabajan al servicio del Seminario.
El Seminario
ha de vivir abierto, solidaria y servicialmente, a
la Iglesia y al mundo de hoy estando muy atento a
sus necesidades. Como comunidad eclesial diocesana,
el Seminario vive en comunión con su Obispo y el
Presbiterio, conoce de cerca sus preocupaciones
pastorales y está inserto en la vida de la Diócesis
participando de sus esperanzas e inquietudes y
prestando, dentro de sus posibilidades, aquellos
servicios que el Seminario puede ofrecer a la
comunidad diocesana.
Los
formadores de los futuros sacerdotes han de
programar con realismo, con claros criterios
pastorales y educativos y en estrecha colaboración
con los organismos diocesanos, las formas por las
que se ha de hacer realidad la integración y el
servicio de los aspirantes al sacerdocio en las
acciones pastorales de la Diócesis.
Por su
parte, toda la comunidad diocesana, a quien “incumbe
el deber de fomentar las vocaciones para que se
provea suficientemente a las necesidades del
ministerio sagrado en la Iglesia entera”, debe
situarse ante el Seminario Mayor con espíritu de
positiva y eficaz colaboración. Para ello, los
formadores deberán crear los cauces necesarios para
dar a conocer la vida del Seminario, sus planes
educativos, preocupaciones, logros y necesidades, a
todas las familias cristianas, a los educadores y,
de manera especial, a los sacerdotes.
El Seminario
Mayor se mantendrá especialmente vinculado con el
Presbiterio diocesano, del que en su día formarán
parte quienes hoy reciben la formación sacerdotal. A
este efecto, el Rector y los formadores de acuerdo
con el Obispo deben procurar mantener informados a
los sacerdotes, utilizando además los medios
oportunos que hagan posible su presencia real y
constructiva en la comunidad del Seminario. A los
sacerdotes compete, de modo especial, promover
vocaciones, guiar con testimonio de palabra y obra y
preparar con interés a todos aquellos que dan signos
de vocación al sacerdocio y desean ingresar en el
Seminario.
LA
FORMACIÓN DE PASTORES
“Toda la
educación de los seminaristas debe tender a la
formación de verdaderos pastores de almas a ejemplo
de Nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y
Pastor”.
La formación
de pastor es, por tanto, la finalidad y el objetivo
fundamental de los Seminarios Mayores. Las diversas
dimensiones de la formación, humana, espiritual,
intelectual, pastoral y comunitaria, incluso la
disciplina y la metodología educativa de la
comunidad del Seminario, han de ordenarse
conjuntamente a este fin pastoral.
En la
formación de los futuros pastores, el Seminario ha
de prestar atención y fidelidad a la identidad del
presbítero tal y como se deduce del Nuevo
Testamento, ha sido confirmada por la Tradición de
la Iglesia, descrita por el Concilio Vaticano II y
desarrollada por posteriores Documentos del
Magisterio.
A la luz de
estas fuentes el Seminario está llamado a
profundizar en la realidad permanente del sacerdocio
ministerial y a buscar con radical sinceridad lo que
la Iglesia y el mundo piden al ministerio
presbiteral en el momento presente.
Extracto de los números 9-19
del Plan de formación sacerdotal para los Seminarios
Mayores:
LA FORMACIÓN PARA EL MINISTERIO PRESBITERAL (CEE
1996)
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